No es de extrañar que, en ocasiones, nuestro caballo se rasque de forma frecuente, a veces contra cualquier objeto. Esta práctica, realizada de forma agresiva, puede provocar irritaciones en su piel, caída del pelo o la aparición de heridas superficiales. Algo que es ciertamente preocupante y que debe ser solucionado lo antes posible. Además, una higiene deficiente o excesiva también puede predisponer a problemas de la piel en caballos: ambos extremos son perjudiciales.
Para paliar el problema, lo primero es buscar y encontrar el foco de origen, cosa que no es nada fácil y que llegaría a convertirse en una ardua tarea si carecemos de los conocimientos necesarios.
A continuación, con el fin de ayudar y orientar, se exponen las que pueden ser posibles causas a los síntomas anteriormente citados y que tan molestos se resultan, lógicamente, a los caballos:
Ácaros
Los principales causantes de las infecciones, alergias e irritaciones cutáneas suelen ser los temidos ácaros. Normalmente, estos ácaros suelen encontrarse en los alimentos, principalmente en los cereales, y pueden manifestarse mediante pequeños bultos en distintas zonas corporales. Los más comunes son los llamados “ácaros del heno”, que generan esos bultos en la cara y cuello del animal.
Pero no todos los bultos de las extremidades y abdomen tienen a los ácaros como culpables. Aquellos que surgen en la zona donde se colocan la montura pueden deberse a una alergia a los productos que se utilizan para lavar la silla y demás aperos.
Al igual que ocurre en los humanos, la piel grasa se convierte en un ambiente perfecto para el cultivo de hongos, por lo que aquellos caballos con un pH cutáneo básico son propensos a padecerlos.

Sarna equina y tipos: determinados ácaros causan sarna, una dermatosis altamente pruriginosa. Las formas más frecuentes son sarcóptica (empieza en cabeza y se extiende por cuello y dorso), psorióptica/auricular (afecta pliegues y oídos, con engrosamiento cutáneo) y corióptica (suele iniciar en extremidades, con descamación intensa). Los signos habituales incluyen picor marcado, costras, alopecia y piel engrosada. La confirmación se realiza con raspados cutáneos y, cuando procede, tratamientos acaricidas bajo supervisión veterinaria, además de mejorar la higiene del entorno.
Hongos
Los hongos también generan una serie de infecciones que causan un picor abrasivo ciertamente molesto, e incluso, lesiones superficiales. Dentro de estas infecciones fúngicas, la más frecuente es la tiña, que también suele manifestarse en aves.
La tiña o dermatofitosis equina está provocada por hongos como Microsporum, Trichophyton o Epidermophyton. Produce lesiones circulares bien delimitadas, con costras anulares y áreas de pérdida del pelaje, a menudo muy pruriginosas. Es altamente contagiosa por contacto directo y por material como cepillos o mantillas; exige desinfección del equipo y terapia antifúngica tópica (y, si es necesario, sistémica) bajo indicación veterinaria.
Arestines o “fiebre del barro”: dermatitis de los pliegues de cuartillas y talones favorecida por humedad y suciedad. Cursa con enrojecimiento, dolor, costras y pérdida de pelo. Requiere secar bien las extremidades, mejorar el sustrato, limpiar con antisépticos apropiados e instaurar tratamiento tópico (y sistémico si se complica) según gravedad.
Sustancias químicas
En el cuidado de nuestros caballos solemos utilizar innumerables productos químicos, ya sea para la limpieza, alimentación, etc. Hay que tener mucho cuidado con los cambios de uso de estas sustancias, ya que puede que ese cambio genere alergias y otros trastornos. Un claro ejemplo lo encontramos cuando usamos útiles de desinfección de las cuadras distintos a los habituales. También es frecuente que los piensos estén químicamente tratados, y su ingesta termine por generar contratiempos y perturbaciones a nivel interno y superficial.
Buena práctica de higiene: lavar mantas, mantillas y vendas con regularidad, enjuagando a fondo para evitar residuos irritantes. Evitar el abuso de lacas o esmaltes de crin/pelo y revisar protectores, vendas y campanas que puedan acumular humedad o suciedad. Algunas sustancias del entorno (polen, mohos, ácaros del polvo) pueden causar atopia: en estos casos, los signos aparecen con más frecuencia en interior o en épocas de alta exposición ambiental.
Picaduras
Las picaduras de insectos son, sin duda alguna, una de las cosas más temidas, ya que son frecuentes y muy variables e inciertas. Surgen de forma inesperada y llegan a derivar en problemas muy serios. En cuestión de pocos minutos, el caballo puede pasar de lucir un aspecto totalmente saludable, a estar en condiciones muy críticas. Las reacciones a las picaduras pueden ir desde un simple picor e irritación, hasta una obstrucción de las vías respiratorias o cosas más severas. ¡Hay que tener mucho cuidado con esto! Las orugas procesionarias y avispas son las principales amenazas.

Hipersensibilidad a picaduras (dermatitis estival): es una alergia muy frecuente a proteínas de la saliva de jejenes Culicoides y otros insectos hematófagos. Es típica en zonas cercanas a agua y en amanecer/anochecer, cuando los insectos están más activos. Puede afectar más a ciertas razas y líneas, y cursa con prurito intenso, pérdida de pelo y costras en crin, base de la cola, lomo y cuello. Los caballos con alérgenos de interior (ácaros del polvo, mohos) suelen empeorar en establo; en cambio, los sensibles a Culicoides mejoran al resguardarse en box en las horas de mayor actividad de insectos.
- Control ambiental: eliminar aguas estancadas y humedades donde crían los insectos.
- Barrera física: mantas y mascarillas antimoscas, mosquiteras en ventanas y ventiladores que dificulten el vuelo de insectos.
- Repelentes: aplicar en las zonas descubiertas y renovar con frecuencia.
- Manejo horario: estabular en amanecer y anochecer para reducir exposición.
- Reducción de carga: uso estratégico de insecticidas y trampas en instalaciones.
Antihistamínicos suelen ser la cura, a no ser que nos encontremos ante un caso de picadura excepcional o muy específico.
Además, la inmunoterapia específica (ASIT) puede considerarse en casos seleccionados: se ajusta a los alérgenos relevantes y requiere seguimiento prolongado; puede reducir la intensidad de los brotes. Evitar remedios populares como el ajo a dosis altas: su uso continuado en cantidades elevadas se ha asociado a anemia en caballos.
Garrapatas: son acáridos hematófagos que pueden transmitir numerosas enfermedades. Infestaciones abundantes causan pérdida de sangre, irritación y puertas de entrada para miasis por moscas. La saliva de algunas especies puede provocar toxicidad sistémica. Requiere revisiones frecuentes, retirada segura de los parásitos, limpieza con antiséptico y, si procede, profilaxis con acaricidas y repelentes indicados por el veterinario.
Alimentación
Como ya se ha comentado anteriormente, muchos de los alimentos que proporcionamos a los caballos están tratados con productos químicos, como aditivos, que desembocan en alergias. No obstante, se ha comprobado que no es usual que los alimentos sean uno de los principales protagonistas de la mayor parte de patologías alérgicas. Sin embargo, si sospechamos que la culpa recae sobre la dieta, podemos llevar acabo un cambio drástico en la misma, de forma temporal con el fin de contemplar si el problema desaparece, lo que, popularmente, se conoce como “dieta de eliminación”.
En primer lugar, hay que eliminar todo lo que no sea heno procedente del medio natural y suministrar distintos tipos de forraje. A continuación, observar si los síntomas alérgicos comienzan a desaparecer. Después, se deberá ir introduciendo otros alimentos de forma individual, con el propósito de detectar si el caballo presenta signos de malestar. Si esto ocurre, se ha de eliminar el alimento que los ha provocado y sustituirlo por otra alternativo que le aporte las mismas propiedades nutricionales.
Protocolo práctico: la dieta de prueba debe ser estricta, sin suplementos, durante un periodo suficiente; a menudo se recomiendan varias semanas para valorar cambios. Tras la mejoría, se reintroducen los alimentos uno a uno para identificar el responsable y retirarlo de forma definitiva. Aunque las alergias alimentarias son menos frecuentes, conviene no descartarlas si hay urticaria recurrente o prurito sin causa aparente.
Muchos expertos en la materia apuestan por aunar esta dieta de eliminación junto a distintos test, entre los que destacan el test de Inmunodifusión en el gel de ágar y el análisis ELISA que, a grandes rasgos, consisten en medir las respuestas de los anticuerpos del caballo frente a los ataques de los distintos tipos de alérgenos y agentes infecciosos.
El test de Inmunodifusión en el gel de agar no detecta la infección hasta que el animal no ha producido anticuerpos, y se caracteriza por desarrollarse durante un periodo de tiempo bastante largo (hablamos de varios días). Por su parte, el análisis ELISA, y más concretamente los de tipo C (ensayo de inmunoabsorción ligado a enzimas de competición) y SA (ensayo de inmunoabsorción ligada a antígenos sintético), es un test bastante mucho más rápido que solo precisa de unas pocas horas para llevarse a cabo.
Los alimentos que contienen un alto nivel proteico, son susceptibles de ser sospechosos en los procesos alérgicos, aunque no es algo que esté basado en una evidencia científica a la que agarrarse.
Un diagnóstico temprano, como siempre, es esencial para garantizar la salud de nuestro caballo. Es importante no hacer caso omiso, y a la más mínima señal, activar el estado de alerta y observar si los comportamientos anómalos se repiten. Si es así, es muy probable que estemos ante un cuadro de alergia o se trate de una infección fúngica o por ácaros, sin pasar por alto la alimentación.
Cabe destacar que en este artículo se han expuesto distintas alternativas que pretenden guiarnos en la búsqueda del porqué nuestro caballo se rasca excesivamente, presenta comportamientos anómalos, infecciones en la piel u otro tipo de síntomas. Esto no quiere decir que estás sean, sí o sí, las causas.
Ante cualquier tipo de contratiempo, ya sea de este carácter o no, si existe la posibilidad, es aconsejable acudir a un experto en la materia. Los veterinarios serán los que nos ofrezcan la mejor solución y nos guíen para mejorar los cuidados posteriores e intentar prevenir posibles recaídas. A su criterio, pueden complementar con raspados cutáneos, citologías, biopsias o pruebas de alergia para identificar con precisión el desencadenante y plantear un manejo integral (higiene, control de insectos, dieta y, cuando proceda, inmunoterapia). Con un enfoque combinado de ambiente, nutrición y tratamiento dirigido, la mayoría de los caballos recuperan confort cutáneo y disminuyen el rascado.