El nombre de Premier Galop está grabado a fuego en la memoria de los aficionados al turf español, especialmente de quienes han vibrado en las tribunas del Hipódromo de La Zarzuela. Su dominio en la pista madrileña, coronado con una actuación antológica en el Gran Premio de Madrid, ha convertido a este caballo en uno de los grandes referentes contemporáneos de las carreras de fondo en España y en la referencia natural cuando se habla del ambiente de las grandes jornadas, como la que acoge el Premio Premier Galop en La Zarzuela.
En paralelo, la tradición del hipódromo madrileño y de sus grandes citas no se entiende sin la historia de propietarios legendarios como el conde de la Cimera, auténtico pilar del turf nacional durante las primeras décadas del siglo XX. Sus caballos marcaron una época en el Gran Premio de Madrid y en otras pruebas señeras, creando un linaje deportivo que hoy se recuerda, entre otras cosas, a través de carreras como el Premio Cimera, heredero de la antigua Prueba de Productos Nacionales. Todo ese bagaje deportivo, histórico y emocional sirve de telón de fondo para entender la dimensión que ha alcanzado el Premio Premier Galop en el Hipódromo de La Zarzuela.
Premier Galop y su exhibición en el Gran Premio de Madrid
La victoria de Premier Galop en el Gran Premio de Madrid se recuerda como una de esas carreras que cambian la percepción de un caballo y de una generación entera. Defendiendo los colores de la cuadra Zurraquín y con la monta del jockey francés Hureau, Premier Galop se impuso con una superioridad abrumadora, cruzando la meta con casi seis cuerpos de ventaja sobre sus rivales más directos, Palamoss y Midnight Beauty, que tuvieron que jugarse la segunda plaza en un ajustado foto-finish.
Desde el primer paso por la meta, la carrera tuvo un claro animador en Bannaby, que se puso en punta para marcar un ritmo selectivo. Sin embargo, el esfuerzo le pasó factura y se vino abajo en la famosa recta de Llorente. Fue entonces cuando Erisio tomó el relevo al frente del pelotón, una maniobra que acabó resultando fatal para sus intereses, repitiendo el guion de lo que ya le había sucedido en el Derby. El desgaste fue excesivo y Erisio terminó hundido, entrando penúltimo, a una distancia sideral de más de treinta cuerpos respecto al ganador.
El momento clave de la prueba se produjo en la Curva de El Pardo, uno de los tramos más estratégicos del recorrido madrileño. A mitad de giro comenzó la progresión de Premier Galop, que se desplazó con elegancia hasta colocarse segundo. Justo detrás se situó Palamoss, mientras que Midnight Beauty se sumaba al grupo de cabeza. En ese punto, los tres favoritos ya se habían destacado, pero la sensación visual era que Premier Galop viajaba con un motor extra, esperando simplemente el momento de lanzar su ataque definitivo.
Al desembocar en la recta final, Premier Galop encendió lo que muchos aficionados describieron como su “sexta marcha”. Se despegó con tal facilidad que dio la impresión de despedirse de sus rivales sin ofrecer opción a réplica. Ni siquiera fue necesario recurrir al látigo: Hureau apenas tuvo que acompañar la acción del caballo con las manos, dejando que su clase natural hiciera el resto. Palamoss defendió con solvencia la segunda posición, confirmándose como el mejor caballo veterano en España, pero sin dar nunca la impresión de poder inquietar al vencedor. Midnight Beauty completó el trío sin deslucir, pero claramente superado.
En contraste, otros aspirantes importantes tuvieron un papel discreto. Hasayaz, del que se esperaba una actuación mucho más sólida, no llegó a colmar las expectativas y se vio relegado, mientras que Baldoria cumplió dignamente, asegurando una meritoria cuarta plaza en un lote de máximo nivel. Una vez más, la generación de tres años demostró tener la llave de las grandes pruebas de fondo en nuestro país, imponiéndose con autoridad a los ejemplares más veteranos.
Con este triunfo, Premier Galop añadió el Gran Premio de Madrid a su victoria previa en el Derby, completando un doblete histórico que solo ocho caballos habían logrado antes en toda la historia del turf español. Su siguiente gran reto marcado en el calendario era la prestigiosa Copa de Oro de San Sebastián, la tercera pata de una codiciada Triple Corona nacional que únicamente ha conseguido un caballo: Akelarre, en 1990. La propia mención de esa posibilidad colocaba a Premier Galop en la conversación de los grandes mitos del turf moderno.
El contexto deportivo: campañas y carreras en La Zarzuela
Para entender la importancia de una prueba como el Premio Premier Galop en La Zarzuela, conviene fijarse también en cómo se construyen las campañas de los caballos que compiten en Madrid. El Hipódromo de La Zarzuela ofrece un programa variado, sobre hierba y sobre arena, con distancias que van desde el esprint puro hasta el fondo clásico, y con categorías de distinta relevancia que marcan la progresión de los pura sangre.
Un buen ejemplo de trayectoria en La Zarzuela lo encontramos en caballos que han alternado pruebas de Cría Nacional, grandes premios y carreras de menor dotación, combinando experiencia y objetivos a medio plazo. En el calendario figuran citas en hierba como el Premio Cría Nacional – Number One (1.800 metros), pruebas de categoría C o D, y clásicos como el Gran Premio Nacional (2.200 metros), que sirven de antesala a retos mayores. Este tipo de carreras permiten evaluar la adaptación a la pista, la resistencia, el cambio de ritmo y la competitividad frente a lotes de distinto nivel.
También es habitual que algunos ejemplares pasen por la pista de arena de La Zarzuela, como sucede en el Premio José Luis Balcones (1.650 metros), donde se mide su comportamiento en un terreno diferente, con ritmos a menudo más sostenidos y estrategias de carrera algo distintas a las de la hierba. La combinación de ambos tipos de superficie es clave para preparar caballos versátiles, capaces de responder ante distintos escenarios tácticos.
Si se revisa el historial típico de un pura sangre que compite de forma regular en España, se observa una sucesión de posiciones variables: desde triunfos destacados hasta actuaciones discretas fuera del dinero. Por ejemplo, un mismo caballo puede haber ganado un Premio Cría Nacional – Colindres (1.800 metros, pista blanda) con 60 kilos a favor, cobrar colocaciones en pruebas como la Copa de Criadores (1.500 metros) o el Premio Sherman (1.600 metros), y verse más exigido en carreras de máximo nivel como el Gran Premio Nacional, donde solo unos pocos logran mantener el tipo.
Estos resultados, con plazas que van desde primeros hasta undécimos puestos, ilustran cómo el turf es un deporte de regularidad y adaptación. No todos los caballos están hechos para brillar en las grandes jornadas, pero muchos construyen campañas meritorias sumando colocaciones que sostienen económicamente a las cuadras. El Premio Premier Galop se inserta en ese ecosistema competitivo como una cita de referencia en La Zarzuela, donde se juntan ejemplares probados en diversas distancias, terrenos y categorías, lo que añade picante a los pronósticos y a la lectura de la carrera.
El conde de la Cimera: un pilar histórico del turf español
La historia del Hipódromo de La Zarzuela y de sus grandes premios está íntimamente ligada a la figura de Valentín, V conde de la Cimera, uno de los personajes más influyentes y carismáticos del turf nacional. Nacido en el distrito madrileño de Buenavista el 2 de julio de 1874, su nombre completo —Valentín, Mariano de la Visitación, Juan Bautista, Ramón, Modesto, Menéndez y San Juan— ya deja entrever la dimensión aristocrática del personaje. En 1903 heredó el título por el que ha pasado a la posteridad, y desde entonces su vida combinó responsabilidades políticas, sociales y deportivas.
En el terreno institucional, el conde de la Cimera fue miembro fundador del Comité Olímpico Español en noviembre de 1912, lo que demuestra su implicación en el desarrollo del deporte en nuestro país más allá de las carreras. Políticamente adscrito al partido liberal-conservador, fue senador por la provincia de Huelva entre 1914 y 1915 en las Cortes de la Restauración. Además, ocupó cargos de relevancia como la presidencia del Patronato Nacional de Turismo desde el 4 de julio de 1930 hasta la proclamación de la Segunda República, un año más tarde. A ello se suman títulos y distinciones como mayordomo de Alfonso XIII, caballero de la Orden de Calatrava y maestrante de la de Zaragoza.
Su aventura en el turf comenzó en 1911, año en que sus caballos salieron por primera vez a la pista. La primera gran alegría deportiva llegó en 1912, cuando ganó el Premio Nacional con Madras II, precisamente el caballo con el que había iniciado su andadura como propietario. En 1913 continuó acumulando victorias importantes con el importado Orphin. Los colores que harían célebre a su cuadra —chaquetilla marrón con lunares y gorra blanca— no aparecerían en los programas oficiales hasta la primavera de 1915, pero pronto se asociarían a una sucesión de triunfos sin precedentes.
La verdadera leyenda de Cimera comenzó a forjarse a partir de 1918, cuando se produjo un encuentro fortuito que cambiaría para siempre el rumbo de su cuadra. En el hipódromo de Lasarte, construido dos años antes en San Sebastián y promovido por Alfonso XIII y George Marquet, coincidió con el propietario francés Jean Stern. Stern, golpeado por una mala racha en la ruleta del casino, decidió poner a la venta un lote de al menos seis caballos ante urgencias económicas inmediatas. Cimera, tras consultar con su amigo el marqués de Martorell, cerró la operación por 125.000 francos, una cifra que el tiempo demostraría como una auténtica ganga.
Entre los caballos de ese lote había un nombre destinado a hacer historia: Nouvel An. Recién llegado, y después de haber ganado con facilidad en San Sebastián con tres años, no triunfó en sus dos primeras salidas con los nuevos colores, pero a la tercera comenzó una racha impresionante. Llegó a sumar 26 victorias en España, convirtiéndose en el primer caballo que lograba tres triunfos en el Gran Premio de Madrid, además de rematar su campaña compitiendo en Francia, donde ganó el Prix Kergolay y fue tercero en el Grand Prix de Deauville. Aunque su carrera como semental en Francia no alcanzó la misma brillantez, su condición de caballo de leyenda en España quedó fuera de toda duda.
En ese mismo lote figuraban otros nombres ilustres, como Choix de Roi, ganador del Gran Premio de Barcelona; Consul, vencedor en la Copa de la Reina; Fil d’Ecosse; Rastignac; y La Glorieuse, ganadora del Omnium de San Sebastián y más tarde yegua madre en la Yeguada Juenga, donde produjo a La Magdalena y La Doriguilla, ambas con un palmarés extraordinario (24 y 14 victorias respectivamente). Aquella adquisición conjunta cimentó buena parte del dominio posterior de la cuadra Cimera-Martorell.
La Yeguada Juenga y el arte de criar campeones nacionales
Más allá de su faceta como propietario de grandes importados, el conde de la Cimera se empeñó en demostrar que era posible ganar las principales carreras españolas con caballos nacidos y criados en España. Para ello, dio un paso decisivo al entrar en el mundo de la cría de pura sangre. Siguiendo una estrategia similar a la que tuvo con Jean Stern, adquirió un lote de yeguas y potros al famoso propietario estadounidense W.K. Vanderbilt, que había participado activamente en las temporadas de carreras españolas.
Entre las yeguas que pasaron a sus manos estaban Dolonnor y Nordre, ambas ganadoras y, especialmente en el caso de Nordre, futura madre de cuatro ganadores con más de doce triunfos cada uno. También se hizo con la potra de dos años Augusta, que con el tiempo se convertiría en la madre de Atlántida, una de las grandes estrellas de la cuadra. Inicialmente, Cimera alojó sus primeros pura sangre en Aranjuez, pero en 1918 decidió adquirir la finca de Juenga, en el municipio cántabro de Guarnizo, con el objetivo declarado de criar campeones nacionales capaces de rivalizar con los mejores importados.
En Juenga se establecieron seis de las yeguas procedentes de Vanderbilt, junto al semental Billycock, todo ello bajo la supervisión del mexicano Amor de Ferreirá. A pesar de lo que se podría pensar, el conde practicó una política de moderación en las inversiones, apostando más por el ojo clínico que por derroches económicos en reproductores de precio desorbitado. Esa intuición se plasmó en la elección de sementales como Larrikin y Prémontré, que se unieron con el tiempo a Billycock, y en una selección de yeguas que, aunque no deslumbraban a primera vista, iban a dar lugar a una verdadera constelación de campeones.
De la Yeguada Juenga surgieron nombres que todavía hoy se mencionan con admiración: Colindres, Atlántida, Cap Polonio, Montecasino, Frascati, Penagos, Merate, Lightfoot, La Doriguilla, La Magdalena, Mademoiselle de Juenga, entre muchos otros. No faltaron voces escépticas en aquellos años; algunos visitantes de la yeguada auguraron pocos éxitos, hasta el punto de que un propietario amigo llegó a decirle, con ironía, que le gustaba la “jaula” pero no los “pájaros”. El tiempo, sin embargo, dio la razón a Cimera y a su intuición como criador.
El plantel de yeguas madres llegó a alcanzar unas dieciséis unidades, mientras que los sementales se fueron incorporando con calma: primero Billycock, más tarde Larrikin y finalmente Prémontré. Con ese material genético, la yeguada empezó a producir una cadena de ganadores nacionales capaz de sostener durante años el dominio de la cuadra en las principales estadísticas de propietarios y criadores en España.
A partir de 1922 se produce la separación de caminos con el marqués de Martorell, tanto en la cuadra compartida como en la Federación Hípica Española, donde Martorell ejercía como secretario desde su fundación en 1902. Cimera retomó entonces su trayectoria en solitario, con su propia chaquetilla, y pronto encontró un nuevo líder en pista: SISEBUTO, su mejor corredor de la temporada de 1922. En 1923, los nombres de IPPÉCOURT y ETELFAY llevaron a la cuadra a la primera posición de la estadística de propietarios, confirmando que el proyecto de cría nacional tenía un enorme potencial.
Una racha de dominio: Nouvel An, Colindres, Atlántida y compañía
La segunda mitad de la década de 1920 y los primeros años treinta fueron una auténtica edad dorada para la cuadra del conde de la Cimera. En 1924, nuevos elementos comenzaron a brillar con fuerza: LUSIGNY, ganador del Premio Alfonso XIII; MY PRIDE; LA DORIGUILLA, que inició su destacada campaña de dos años imponiéndose en el Premio Martorell; SWEET HEART, vencedora en el Premio George Marquet, uno de los mejor dotados; y, sobre todo, LIGHTFOOT, que devolvió a la chaquetilla marrón con lunares a la cima al conquistar el Gran Premio de Madrid y el Villamejor.
En 1925, el estandarte de la cuadra fue LA DORIGUILLA, capaz de imponerse a los machos nacionales en numerosas carreras, mientras SWEET HEART mantenía su nivel ganando el Alfonso XIII. ILUSIÓN se adjudicó el Gran Premio de Barcelona, BÓO se llevó el Martorell y las hembras volvieron a sostener el peso de la temporada, aunque sin llegar a repetir la estadística general del año anterior. En 1926 fue el turno de LA MAGDALENA, también hija de La Glorieuse, que regresó a la senda de la victoria, mientras LIGHTFOOT sumaba éxitos como el Gladiateur y el Alfonso XII. En esa campaña, el Alfonso XIII fue para MARTINETI, y la estadística de propietarios volvió a caer del lado de Cimera, esta vez para quedarse varios años seguidos.
El año 1927 supuso una auténtica eclosión. Dos potros de tres años, ambos hijos de Larrikin, irrumpieron con fuerza: COLINDRES y PENAGOS. Colindres se convirtió en el protagonista absoluto, ganando el Gran Premio de Madrid, los Derbys de San Sebastián y Aranjuez, el Alfonso XIII, el Villamejor y el Atlántica. Al mismo tiempo, PENAGOS se hacía con el Nacional, el Alfonso XII, el Fernán Núñez y el Gladiateur. Las hembras tampoco fallaron, con MADEMOISELLE JUENGA ganando el Nouvel An y la Copa de la Reina María Cristina, mientras la potra de dos años LAS FRAGUAS dejaba entrever un futuro brillante al imponerse en el Martorell.
En 1928, la cuadra rindió un nuevo homenaje a la visión de Cimera. COLINDRES repitió triunfo en el Gran Premio de Madrid, sumando además la Copa del Rey, la Copa de la Reina y el Premio España. PENAGOS amplió palmarés con el Reina Victoria, LAS FRAGUAS se consolidó como clásica con victorias en el Nacional, el Villamejor y el Nouvel An, ORFEO se llevó el Alfonso XII y el Gladiateur, y LA MAGDALENA regresó a lo más alto ganando el Alfonso XIII, la Reina María Cristina y el Atlántica. Aquello supuso la tercera estadística consecutiva para la cuadra.
En 1929 se planteaba una gran incógnita: ¿sería capaz un caballo nacional de ganar por tercera vez consecutiva el Gran Premio de Madrid, igualando la hazaña de Nouvel An? Colindres, nacido en Guarnizo, lo consiguió, y noventa años después solo el importado El País ha logrado repetir semejante mérito. En esa temporada también brilló PONT ETIENNE, otro hijo de Larrikin, que ganó el Nacional y el Villamejor; ORFEO repitió en el Alfonso XII y sumó el Gladiateur; LA MAGDALENA añadió el Príncipe de Asturias y el Patronato de Turismo; y un trío de dos años —MONTECASINO, MIC y LA MADELÓN— apuntó un futuro prometedor. La cuarta estadística de propietarios llegó por aplastamiento, acompañada por primera vez de la de vallas.
En 1930, pese a la entrada de nuevas caras y la retirada o menor presencia de algunos campeones, la cuadra siguió rindiendo al máximo. FRASCATI, también por Larrikin, ganó primero el Opcional y enlazó victorias tan dispares como el Presidente de la República, el Príncipe de Asturias, el Villamejor, el Fomento, el Derby de San Sebastián y las Pruebas de Productos Nacionales en Madrid y Aranjuez. ATLÁNTIDA, por su parte, empezó a despuntar: se llevó la Copa del Rey, el Duque de Toledo, el Príncipe de Asturias, el Alfonso XII, el Gladiateur y el Premio España, rozando un Gran Premio de Madrid que muchos consideraron que “nunca debió perder”.
Ese mismo año, CAP POLONIO se hizo con el Criterium Nacional e Internacional, PAVOT ROUGE ganó el Criterium de San Sebastián y, en conjunto, la cuadra logró su quinta estadística consecutiva de propietarios. En 1931, FRASCATI repitió en el Presidente de la República y el Fomento, MONTECASINO ganó el Gran Premio de Barcelona, LA MADELÓN se llevó el Atlántica, CAP POLONIO confirmó expectativas con victorias en el Nacional, la Prueba de Productos Nacionales y el Villamejor, y PAVOT ROUGE continuó sumando. ATLÁNTIDA, al fin, se resarció en el Gran Premio de Madrid, sumando también el Duque de Toledo, el Gladiateur y el España, y elevando a siete las victorias consecutivas de la cuadra en el Gladiateur desde 1926. La sexta estadística seguida de propietarios y una segunda de vallas cerraron un ciclo prácticamente irrepetible.
Cambios políticos, nuevos nombres de cuadra y fin de una era
La proclamación de la Segunda República en 1931 trajo consigo cambios profundos en la vida política y social española, y el turf no fue ajeno a este proceso. En 1932 se consolidaron las consecuencias de la marcha al exilio de Alfonso XIII y, entre otros efectos, los propietarios que competían bajo títulos nobiliarios se vieron obligados a modificar la denominación de sus cuadras. Así, los caballos del conde de la Cimera pasaron a correr oficialmente a nombre de Valentín Menéndez y San Juan.
Este cambio administrativo no supuso una merma inmediata de la competitividad de la cuadra. En la nueva generación de clásicos apareció MERATE, que completó el ciclo tradicional de su edad al ganar el Nacional, la Prueba de Productos Nacionales y el Villamejor. Mientras tanto, la gran referencia seguía siendo ATLÁNTIDA, que volvió a imponerse en el Gran Premio de Madrid, logrando un doblete que dejó un sabor agridulce: la satisfacción por haber ganado dos veces esa prueba y la sensación de haber dejado escapar una oportunidad única para haber firmado un triplete histórico.
En esa misma temporada, Atlántida repitió triunfo en el Presidente de la República y en el Premio España (el tradicional Gran Premio de San Sebastián), un doblete que la cuadra había logrado en las tres ocasiones en que coincidieron ambas carreras en el calendario. Sumó también un nuevo Gladiateur, elevando el total de la cuadra a nueve ediciones ganadas, y consolidó la racha en las estadísticas de propietarios, que ya casi se habían convertido en un trámite anual para Cimera.
En el plano profesional, desde 1927 el entrenador de referencia de la cuadra había sido George Flatman, muy querido por su trato afable y su cercanía con la prensa. En más de una entrevista confesó que, en algunas grandes pruebas, había sido incapaz de ver la carrera desde la tribuna, quedándose literalmente “comido” por los nervios en la parte trasera. Su marcha, anunciada a finales de 1931 para entrenar en Chantilly, fue recibida con tristeza en el entorno del turf español, pero dejó claro el nivel internacional del proyecto de Cimera. Para reemplazarle, el conde contrató al francés E. Outré, que supo mantener el alto rendimiento de la cuadra.
En 1933 se produjo un hecho traumático para los aficionados: la demolición del Hipódromo de La Castellana, justo al expirar su concesión, dejando atónito al mundo del turf. Parte de su calendario se trasladó de forma reducida al hipódromo de Aranjuez, donde recaló una prueba de Productos Nacionales que, con el tiempo, sería conocida como Premio Cimera y que no se abriría a caballos importados hasta 1993. Allí acudió JACKAL para ganar por quinta vez consecutiva para su propietario, demostrando que, pese a la incertidumbre, la cuadra seguía siendo competitiva incluso corriendo bajo la denominación de Yeguada Juenga.
Ese año 1933, a pesar de la representación más reducida, el conde logró seguir en lo más alto de la estadística. La yeguada registró nueve nacimientos, todos ellos declarados para el Premio Nacional de 1936, aunque el contexto político y deportivo iba a enturbiar progresivamente el horizonte. En 1934, dentro de las pruebas de primer nivel, destacó la victoria de ARCONA en el Criterium Nacional, mientras que en la declaración para el Nacional de 1937 ya figuraban como vacías las nueve yeguas que constaban en su propiedad, síntoma de que la maquinaria de cría se estaba resintiendo.
Jockeys, entrenadores y el legado competitivo de Cimera
La trayectoria del conde de la Cimera no se entiende sin el equipo humano que le acompañó en pista. En la primera etapa de la asociación con Martorell, el jockey fetiche fue Archibald, que montó a Nouvel An en sus tres victorias consecutivas en el Gran Premio de Madrid antes de regresar a Francia en 1921. Tras su marcha, Cimera confió en Carlos Belmonte, quien llevó a Colindres a sus tres triunfos en el Gran Premio de Madrid, hasta que una lesión sufrida en Gibraltar le obligó a abandonar la profesión.
Posteriormente, el testigo lo recogió el laureado jinete Victoriano Jiménez, encargado de lucir los colores de Cimera en la época de Atlántida y otros grandes campeones. Jiménez rozó con ella la posibilidad de alcanzar tres triunfos en el Gran Premio de Madrid, lo que habría reforzado hasta límites insospechados su ya impresionante récord de diez victorias en esa prueba, cifra que aún hoy sigue siendo la plusmarca para jockeys en la “magna carrera” madrileña.
Tras la inauguración del Hipódromo de La Zarzuela, la cuadra del conde de la Cimera nunca volvió a alcanzar la dimensión de sus años gloriosos, pero siguió sumando victorias con caballos como Dessa, Addis Abeba y, sobre todo, Rex, considerado su mejor ejemplar en esa etapa final, ganador del premio que sustituyó al antiguo Gran Premio de Fomento. La historia personal del conde se cerró el 30 de octubre de 1944, fecha de su fallecimiento sin descendencia en San Sebastián.
La sucesión del título nobiliario no se resolvió hasta 1958, cuando hubo que remontarse hasta el primer conde para reconocer los derechos en la persona de Eugenio de Oñate y Prendergast. Cimera se había casado en 1942, a los 68 años, con Ana María Elio y Gaztelu, marquesa de Campo Real y viuda con dos hijos de un matrimonio anterior. Uno de ellos, Luis Guillermo Perinat, heredó los bienes, pero no el título, y describió a su padrastro como “todo un personaje”, recordando su fama como dandi español: elegante en los campos de polo, en los greens de golf y especialmente en los hipódromos, donde sus pura sangre hicieron historia en España y en Europa.
Adolphe de Neuter, entrenador de la real cuadra del Duque de Toledo, se refirió a él en términos similares, revelando que en Francia se le conocía como “el Brummel español” o “Rotchildman”, apodos que reflejan la mezcla de estilo y riqueza que encarnaba. Lejos de terminar en tono triste, su historia se mantiene viva porque sus récords siguen en pie: 10+1 estadísticas de propietarios (contando la lograda con Martorell), seis de ellas consecutivas; nueve triunfos en el Gran Premio de Madrid, con dos caballos firmando tres victorias (Nouvel An y Colindres); y un total estimado de 126 triunfos en carreras del rango equivalente a Grupos 1, 2 y 3, si se trasladan a la terminología moderna.
Todo ello se consiguió en una época en la que el calendario español tenía un volumen de carreras mucho menor que el actual, y, sobre todo, con caballos nacionales criados en Juenga, capaces de plantar cara y vencer a importados de alto nivel, incluidos los que defendían los colores de la cuadra real del Duque de Toledo y otros grandes propietarios. Son logros que, en conjunto, se consideran los mejores resultados jamás obtenidos por un propietario de caballos de carreras en España.
Del Premio de Productos Nacionales al Premio Cimera y el espejo del Premier Galop
La herencia deportiva del conde de la Cimera se refleja directamente en una prueba que se corre hoy en su honor y que, en sus orígenes, se denominaba Prueba de Productos Nacionales hasta 1944. A partir del año siguiente pasó a llamarse Premio Cimera. Durante mucho tiempo estuvo reservada en exclusiva a caballos de tres años nacidos y criados en España, y hasta 1960 podían participar tanto machos como hembras en la misma carrera.
A partir de esa fecha, la prueba principal se cerró a los machos, mientras que para las hembras se creó una carrera específica en recuerdo de otro gran propietario de la época, el marqués de Valderas. Los caballos importados no pudieron acceder al Premio Cimera hasta 1993, momento en que se abrió la puerta para que nacionales e importados compitieran en igualdad de condiciones, todos corriendo a 57 kilos. La fecha en que se disputa y su distancia de 1.600 metros han llevado a que se la considere la prueba equivalente en España a la Poule francesa de machos y a las 2.000 Guineas inglesas.
En el palmarés del Premio Cimera destacan varios récords. Entre los jockeys, la mejor marca se sitúa en cinco triunfos, compartidos por cuatro figuras históricas: Lucien Lyne, Victoriano Jiménez, José Perelli y Claudio Carudel. Entre los jinetes en activo que han montado en ediciones recientes, José Luis Martínez es quien suma más victorias, con tres. En el capítulo de preparadores, la referencia absoluta es H. Gibson, con seis triunfos desde 1950. Entre los entrenadores contemporáneos, Guillermo Arizkorreta podría alcanzar su segunda victoria si se impusiera en una nueva edición.
En cuanto a los propietarios, el listón está fijado en seis victorias, marca que superó Ramón Beamonte con SULIM en 1976. La edición más rápida disputada en el Hipódromo de La Zarzuela fue la ganada por SILVERSIDE, preparado por Mauricio Délcher Sánchez y montado por Julien Grosjean para la cuadra SAFSAF, deteniendo el cronómetro en 1.36:14. Todos estos registros ilustran el estatus de prueba cumbre para los potrillos de mil seiscientos metros en España.
El Premio Premier Galop que se celebra en La Zarzuela bebe de esa misma tradición de grandes pruebas para pura sangre de calidad contrastada. Aunque su contexto concreto es diferente al del Premio Cimera, su celebración en el hipódromo madrileño, su vinculación a un caballo de la talla de Premier Galop y el aura de las jornadas grandes lo colocan en la órbita de las carreras que todo aficionado quiere ver y que muchos profesionales sueñan con ganar. En el fondo, cuando la pista se llena y las tribunas rugen, se activa el mismo mecanismo emocional que acompañó las gestas de Nouvel An, Colindres, Atlántida o, en tiempos más recientes, de Premier Galop con su paseo militar en el Gran Premio de Madrid.
En conjunto, la historia del turf en La Zarzuela, las gestas de Premier Galop, el legado del conde de la Cimera y la evolución de pruebas como el Premio Cimera dibujan un panorama en el que tradición y presente se entrelazan. Las grandes carreras actuales, como el Premio Premier Galop, no son episodios aislados, sino el último capítulo de una narración centenaria en la que se repiten algunos patrones: generaciones jóvenes capaces de doblegar a los veteranos, propietarios visionarios que apuestan por la cría nacional, y un hipódromo que, pese a cambios políticos, demoliciones y nuevas sedes, sigue siendo el corazón hípico de España.