
En la pequeña localidad abulense de San Bartolomé de Pinares, con apenas medio millar de habitantes, las noches de enero dejan de ser silenciosas para llenarse de humo, luz y cascos de caballos golpeando el adoquín. Cada 16 de enero, víspera de San Antón, el pueblo se transforma para celebrar sus conocidas luminarias, una de las citas más singulares del calendario festivo de Castilla y León.
En torno a las hogueras se dan cita vecinos, jinetes y miles de visitantes que llegan de distintos puntos de España e incluso del extranjero para presenciar un ritual que mezcla devoción, cultura popular y ambiente de fiesta. Pese al frío y a las temperaturas bajo cero que suelen acompañar la jornada, la participación no decae y, cuando la celebración coincide en viernes, la afluencia de público se multiplica, hasta triplicar la de otros años según la alcaldesa, María Jesús Martín.
Una noche mágica entre fuego, humo y caballos

Al caer la noche, las empinadas calles de San Bartolomé de Pinares se sumergen en una espesa nube de humo que lo envuelve todo. La imagen es inconfundible: hogueras encendidas en las encrucijadas, caballos avanzando entre llamas y ramos chisporroteando mientras el público observa, móvil o cámara en mano, intentando capturar el momento.
En las últimas ediciones han llegado a participar alrededor de 100 a 135 caballos, montados por jinetes y amazonas que recorren una veintena de luminarias distribuidas por el casco urbano. En algunos puntos pasan muy cerca de las hogueras y en otros las atraviesan, en un gesto cargado de simbolismo ligado a la purificación y protección de los animales para el año que empieza.
La noche arranca con las vísperas religiosas y la bendición desde el balcón del Ayuntamiento o de la casa parroquial. A partir de ahí, los caballos se concentran junto al Consistorio encabezados por el mayordomo y los dos jurados, figuras tradicionales de la fiesta. Tras una primera vuelta de reconocimiento, dan comienzo los pasos entre el humo denso, acompañados por los gritos de “¡Viva San Antón!” y por el repique de las campanas.
El termómetro suele marcar apenas unos pocos grados sobre cero, e incluso hay años en que las previsiones de lluvia o nieve amenazan el festejo. Sin embargo, en muchas ocasiones el tiempo termina dando una tregua y permite que el recorrido se complete con normalidad. No es raro que se produzcan pequeños resbalones sobre los adoquines, sobre todo en las calles más inclinadas, pero por lo general no se registran incidentes graves.
Mientras tanto, el público se reparte entre las calles principales y los callejones, intentando encontrar el mejor ángulo para ver pasar a los animales pero también huyendo, a ratos, del humo espeso que dificulta respirar. Muchos se cubren con bufandas, pañuelos o mascarillas, igual que los propios jinetes, que protegen cara y cuello para soportar mejor la cercanía de las hogueras.
La preparación de las luminarias: escobas, piornos y humo denso
La fiesta empieza mucho antes de la primera chispa. Días previos al 16 de enero, los vecinos se organizan para llevar a cabo la tradicional recogida de ramos, escobas, retamas y piornos en los montes cercanos. Es una labor comunitaria que implica a jóvenes y mayores y que forma parte del propio ritual: sin buena leña y sin suficiente arbusto verde, no hay luminarias en condiciones.
Los montones se preparan cuidadosamente en las calles más estrechas, plazas y cruces, de modo que los caballos no tengan que salvar grandes saltos, sino más bien atravesar las zonas de humo y brasas. El tipo de vegetación elegida no es casual: la escoba fresca (Cytisus scoparius) y otros arbustos similares, al entrar en contacto con las brasas, generan una combustión incompleta que produce un humo blanco muy denso y menos llama viva, algo clave para la idea de purificación a través del humo.
Llegada la noche, los encargados del fuego, conocidos en algunos relatos como reposteros o cuidadores de las hogueras, manejan largas varas con las que remueven la leña. Abren hueco en el fuego justo antes del paso de los caballos, añaden ramos verdes para avivar la humareda y controlan continuamente que la intensidad de la llama y el terreno sean los adecuados para el tránsito de los animales.
En el ambiente se mezcla el olor a madera húmeda, plantas resinosas y brasas con el murmullo del público y los cascos golpeando la piedra. A medida que avanza la noche, las luminarias se van consumiendo, y lo que antes era una gran hoguera se convierte en una alfombra de ascuas que marca prácticamente el final del recorrido.
En paralelo, la fiesta no se limita a los caballos: se reparten dulces típicos y vino que muchos degustan directamente de la botella, se encienden parrillas improvisadas y se percibe el carácter de convivencia que ha convertido a esta cita en el primer gran acontecimiento popular del año en la provincia de Ávila.
Origen entre la mística rural y la promesa a San Antón

La historia de las luminarias combina elementos prerromanos, creencias campesinas y devoción cristiana. Las investigaciones históricas apuntan a un sustrato vinculado a los vetones, pueblo celta asentado en la zona, que utilizaba el paso del ganado junto al fuego como rito purificador y protector de los rebaños, para favorecer su fertilidad y alejar malos espíritus.
Ya en época moderna, los primeros registros documentales sitúan la tradición en torno al siglo XVIII, cuando una grave epidemia de peste equina amenazó con diezmar las caballerías. Según la tradición oral, los vecinos de San Bartolomé de Pinares prometieron a San Antón que, si sus animales sobrevivían, quemarían cada año las “malas nieblas” con el humo de plantas resinosas en señal de agradecimiento y protección futura.
Con la remisión de la plaga, la costumbre de encender hogueras y hacer pasar al ganado entre el humo quedó fijada como un compromiso colectivo, mantenido generación tras generación. Desde entonces, esta cita se ha consolidado como la primera gran fiesta del año en la zona, hasta lograr la declaración de Fiesta de Interés Turístico Regional, lo que le ha dado aún más proyección dentro y fuera de Castilla y León.
Hoy en día, las luminarias se entienden como una mezcla de ritual de protección de los animales, festejo religioso en honor a San Antonio Abad y escaparate de la fuerte vinculación del pueblo con el mundo rural y la ganadería. La economía tradicional de San Bartolomé de Pinares ha estado muy ligada al caballo y al cuidado del ganado, y esa relación se refleja de forma clara en el protagonismo que adquieren los equinos durante la noche.
Al mismo tiempo, la fiesta ha ido adaptándose a nuevas exigencias sociales, normativas de seguridad y sensibilidad hacia los animales, tratando de mantener su esencia sin perder de vista el marco legal y las demandas de una sociedad cada vez más atenta al bienestar animal.
Organización, seguridad y protocolo para los animales
El aumento constante de visitantes, sobre todo cuando la fiesta cae en viernes, ha obligado al Ayuntamiento a reforzar dispositivos de protección civil y seguridad. Se establecen bandos con recomendaciones claras, se regulan accesos a las calles por donde pasan los caballos y se pide al público que evite cruzar de improviso las zonas de paso debido a la escasa visibilidad que provoca el humo.
Entre las normas que se recalcan estos días destaca la prohibición de petardos y cohetes, precisamente para que los animales no se sobresalten y no se generen situaciones de riesgo innecesarias. La alcaldesa insiste en la importancia de seguir las instrucciones de los servicios de emergencia para poder disfrutar de la noche “sin sustos”.
En lo que respecta a los caballos, existe un protocolo veterinario y de manejo elaborado en coordinación con el Colegio Oficial de Veterinarios de Ávila y los servicios autonómicos. Los animales acuden con la crin y la cola trenzadas y recogidas con cintas de algodón, de manera que se reducen las posibilidades de que el pelo entre en contacto con las llamas.
Antes del inicio del recorrido, muchos ejemplares son mojados con agua fría para crear una ligera capa protectora frente al calor. Además, se exige que todos los jinetes y amazonas lleven pulsera identificativa y que los caballos cumplan con la documentación y las condiciones sanitarias correspondientes.
Los informes técnicos que se han hecho públicos subrayan que los animales que participan presentan una “doma social”, es decir, están acostumbrados al entorno del pueblo y al contacto con gente, ruido y humo, lo que en teoría reduce su respuesta de estrés. También señalan que la exposición directa al fuego es breve y que el suelo de las luminarias, cubierto por ceniza y escoba verde, no alcanza temperaturas que dañen cascos y extremidades. Con todo, la vigilancia veterinaria y la presencia de personal preparado se han convertido en piezas clave de la organización.
Críticas y debate sobre el bienestar animal
La espectacularidad de las imágenes de caballos atravesando hogueras ha alimentado también un debate recurrente sobre el trato a los animales. Cada año, coincidiendo con la celebración, la Asociación Nacional para la Protección y el Bienestar de los Animales (ANPBA) hace públicos comunicados en los que pide que no se obligue a los equinos a cruzar las llamas.
La entidad animalista defiende que los caballos tienen una aversión natural al fuego y que, si se les dejara actuar libremente, evitarían las hogueras. Considera que hacerles atravesar grandes fuegos supone un sufrimiento innecesario, generando miedo y estrés, y sostiene que esta práctica sería contraria a la normativa de protección animal vigente.
ANPBA recuerda además que, según informes recogidos por el Procurador del Común de Castilla y León en 2005, el propio Ayuntamiento y la Junta habrían admitido por escrito que la tradición original de las luminarias consistía en ahumar a los caballos, no en introducirlos en el fuego. Por ello, la asociación reclama que se vuelva a ese modelo, centrado solo en el contacto con el humo purificador.
Con motivo de las últimas ediciones, la organización ha remitido escritos a la alcaldesa de San Bartolomé de Pinares pidiendo una vigilancia estricta durante el festejo y que se dicten instrucciones claras para evitar que se fuerce a los animales a atravesar las llamas. También ha solicitado la intervención de la Guardia Civil, a través del Seprona, para que levante acta de posibles infracciones.
Estas peticiones se apoyan en la evolución del marco jurídico español, que reconoce a los animales como seres sintientes y exige tener en cuenta su bienestar en cualquier actividad. Para la asociación, se trata de adaptar una celebración de profundo arraigo popular a las nuevas sensibilidades, sin renunciar al humo de las luminarias pero evitando escenas que, en su opinión, desvirtúan la propia esencia del rito.
Más allá de la hoguera: religión, juegos y vida en la calle
Aunque la imagen más difundida de las luminarias es la de los caballos envueltos en humo, la fiesta se extiende durante varios días y con distintos actos. El programa incluye misa y pregón, procesión en honor a San Antón, bendición de animales y juegos ecuestres que prolongan el ambiente festivo hasta el día siguiente, 17 de enero, festividad del patrón.
Entre esas actividades destaca el tradicional juego de las cintas, donde los jinetes, montados a caballo, tratan de coger cintas o aros situados en altura, una prueba que combina habilidad, destreza y complicidad entre jinete y animal. También tienen protagonismo las figuras del mayordomo de San Antón y los jurados, encargados de coordinar el desarrollo de la fiesta y de mantener viva la parte más ritual.
La Hermandad de San Antón y otras asociaciones locales asumen buena parte del trabajo logístico, desde la organización de la recogida de ramos hasta el reparto de comida y la atención a quienes llegan de fuera. En la noche grande se intensifica la coordinación entre Ayuntamiento, voluntarios y servicios de emergencia para que el tránsito entre luminarias sea fluido y el público pueda seguir el recorrido sin ponerse en peligro.
El sentimiento que se respira en el pueblo es de fuerte orgullo por la continuidad de la tradición. La alcaldesa y muchos de los vecinos subrayan a menudo la implicación de los jóvenes, que se suman a la preparación de las hogueras, participan a caballo o ayudan en la logística, heredando así una costumbre que sus abuelos y bisabuelos ya vivieron en condiciones mucho más precarias.
En los días previos también se celebran actos como la recogida de ramos y la preparación de las luminarias, que sirven para reunir a la comunidad en pleno invierno. Es en esos momentos, menos visibles para el visitante ocasional, cuando se consolidan los lazos vecinales y se refuerza la idea de que la fiesta “no es solo un evento, sino el corazón del pueblo”, como repiten con frecuencia sus habitantes.
Comida, brasas y convivencia hasta la madrugada
Tras varias horas de recorrido entre hogueras, cuando los caballos ya regresan a los establos y el humo se disipa poco a poco, las luminarias cambian de papel. Lo que antes era un muro de fuego se transforma en brasa perfecta para cocinar al aire libre. Vecinos y forasteros sacan panceta, chorizo, morcilla, chuletillas y otros productos de la matanza para asarlos aprovechando el calor de los rescoldos.
Alrededor de las ascuas, las conversaciones se alargan mientras se comparte también el bollo de San Antón y el vino de la zona. El centro del protagonismo deja de estar en los caballos para pasar a ser la convivencia: familias enteras, grupos de amigos y visitantes improvisan mesas, taburetes o se sientan directamente junto a las piedras para cenar en plena calle.
Este final gastronómico tiene también su parte organizada. Determinadas hermandades y peñas, como la conocida Hermandad del Palo, colaboran para mantener el orden y un ambiente cordial, garantizando que todos puedan arrimarse a las brasas sin incidentes. Es un momento más relajado, sin la tensión de los pasos entre el fuego, en el que se comentan las anécdotas de la noche y se recuerdan ediciones anteriores.
En ocasiones se producen pequeños contratiempos, como la caída de algún caballo en la última hoguera o resbalones sin mayores consecuencias, que rápidamente se convierten en tema de conversación mientras se remata la velada. La sensación general, sin embargo, es la de haber participado en algo que va mucho más allá de un espectáculo puntual.
Con las calles todavía teñidas de humo y las brasas perdiendo fuerza, San Bartolomé de Pinares se recoge lentamente. Pero el eco de los cascos sobre el adoquinado, el olor impregnado en la ropa y el recuerdo de las hogueras encendidas dejan claro por qué las luminarias siguen siendo un referente festivo y cultural en el mapa de las tradiciones españolas.
Entre el resplandor de las hogueras, el murmullo de la multitud y el trote constante de los caballos, las luminarias de San Bartolomé de Pinares se mantienen como una celebración en la que devoción, historia rural, debate sobre el bienestar animal y convivencia vecinal se entrelazan cada enero, recordando que hay costumbres que forman parte inseparable de la identidad de un pueblo y de su manera de entender la relación con los animales y con el paisaje que les rodea.

