La localidad pacense de Navalvillar de Pela se prepara cada 16 de enero para vivir una de sus noches más intensas y esperadas: La Encamisá o carrera de San Antón. Miles de visitantes se mezclan con los vecinos en un casco antiguo iluminado por hogueras, donde el ruido de los tambores y el galope de los caballos devuelven al pueblo a un pasado casi legendario.
Esta celebración, reconocida como Fiesta de Interés Turístico Regional desde hace cuatro décadas, se ha convertido en una cita imprescindible del calendario festivo de Extremadura. No solo destaca por ser la concentración de caballos más numerosa de la región, sino también por la implicación masiva de los peleños, que viven estos días con un orgullo que se palpa en cada rincón del municipio.
Una leyenda medieval entre hogueras, tambores y jinetes
El origen de La Encamisá se sitúa en la Edad Media, cuando, según la tradición popular, un ejército musulmán o árabe pretendía tomar Navalvillar de Pela. El pueblo, sin grandes recursos militares, recurrió a una estratagema ingeniosa para ahuyentar a los invasores.
Cuenta la leyenda que los vecinos encendieron numerosas hogueras alrededor del pueblo, se cubrieron con camisas blancas, se colocaron gorros puntiagudos y montaron a caballo. Entre el resplandor del fuego, el estruendo de los tambores y las sombras alargadas de los jinetes sobre las paredes, las tropas enemigas interpretaron aquella escena como la llegada de un gran ejército y, presas del miedo, optaron por la retirada.
Desde entonces, cada víspera de San Antón Abad se rememora aquella supuesta victoria colectiva del pueblo con una carrera nocturna de caballos entre hogueras, vivas y salvas. La imagen de los gorros puntiagudos, los pañuelos multicolores y las camisas blancas al galope se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la fiesta.
En la actualidad, más de un millar de jinetes y caballos recorren el casco antiguo de Navalvillar de Pela, donde se encienden 21 hogueras repartidas por cruces y plazas. El trazado se mantiene fiel a la tradición, y el juego de luces y sombras sigue siendo uno de los grandes atractivos para quienes se acercan por primera vez.
La fiesta conserva ese carácter entre épico y popular que la hace tan especial: por un lado, rememora una gesta frente a un ejército invasor; por otro, funciona como una gran manifestación de identidad colectiva en la que el pueblo entero se reconoce a sí mismo.
Un pueblo volcado: cofradía, mayordomía y preparación previa
Buena parte de la fuerza de La Encamisá reside en la implicación vecinal. En Navalvillar de Pela, cerca de una cuarta parte de la población pertenece a la Asociación de Cofrades de San Antón Abad, algo poco habitual en fiestas de este tipo y que explica en gran medida su continuidad y su cuidado extremo por los detalles.
La diputada del Área de Desarrollo Rural, Reto Demográfico y Turismo de la Diputación de Badajoz, Ana Valls, ha definido en varias ocasiones esta celebración como uno de los acontecimientos “más tradicionales y originales” de la región, subrayando su capacidad para impresionar a quienes la contemplan por primera vez. El propio alcalde, Francis Fernández, destaca de forma reiterada el orgullo de los peleños por su fiesta y la participación masiva en cada fase de la organización.
La mayordomía recae este año en Juan Carlos Masa, responsable de coordinar, junto a la cofradía, muchos de los aspectos clave de la noche grande. No se trata solo de la carrera: hay todo un trabajo previo que arranca semanas antes con reuniones, ensayos, preparación de caballos, coordinación de voluntarios y puesta a punto de los espacios donde se encenderán las hogueras.
El apoyo institucional también tiene su peso. La Diputación de Badajoz respalda la fiesta tanto en el plano económico como en la promoción turística, consciente de que La Encamisá se ha convertido en un reclamo de primer orden para el turismo de invierno en Extremadura y en un elemento que contribuye a fijar población en el medio rural.
Ese equilibrio entre tradición popular y apoyo institucional es uno de los factores que explican que la celebración se mantenga viva y con un nivel de participación muy alto, incluso cuando el calendario laboral o el clima no acompañan tanto como desearían los organizadores.
De la Bajada del Santo al correr el tambor: cómo se calienta el ambiente
La noche del 16 de enero no surge de la nada; detrás hay todo un programa previo que va alimentando la expectación desde principios de mes. El 6 de enero, día de Reyes, ya se percibe que el pueblo entra en otro ritmo con la llamada Bajada del Santo.
Ese día se traslada la imagen de San Antón Abad desde su ermita hasta la parroquia de Santa Catalina de Alejandría. La procesión avanza con el santo a hombros de los cofrades, el mayordomo al frente portando la bandera y varios jinetes vestidos con el traje tradicional acompañando el cortejo. Para muchos vecinos, es el primer aviso claro de que se acerca la noche más esperada del año.
Desde esa fecha y hasta el 15 de enero se mantiene una costumbre que ha calado con fuerza entre los más pequeños: “correr el tambor”. Cada tarde, un niño recorre el itinerario de la futura carrera tocando el tambor, seguido de otros chavales que se van sumando al paso. Al finalizar ese recorrido simbólico, todos reciben biñuelos, el dulce más asociado a la fiesta.
Paralelamente, la Casa del Santo abre sus puertas como espacio de encuentro, agradecimiento y coordinación. Allí se reúnen cofrades, voluntarios y representantes de los colectivos que colaboran con la organización. Es un lugar clave para ajustar detalles logísticos, pero también para reforzar el componente social y comunitario de la celebración.
En los días previos se intensifican los preparativos: se revisan los puntos donde se acumulará la leña, se organizan los remolques que servirán vino y biñuelos durante la noche grande, se planifican los accesos para los visitantes y se termina de definir el papel de cada persona en la cita central del calendario peleño.
La jornada del 16 de enero: de la leña en la sierra a la carrera nocturna
El día de La Encamisá comienza antes de que amanezca para muchos voluntarios. A primera hora, directivos de la cofradía, antiguos mayordomos y colaboradores se desplazan hasta la Sierra de Pela para recoger la leña que alimentará las hogueras nocturnas.
Esa leña, compuesta principalmente por jara y matorral cortados con anterioridad, se carga en tractores y remolques que regresan al pueblo entre bromas y una sana rivalidad por ver quién vuelve con el remolque más lleno. Más allá de la anécdota, se trata de un gesto que refuerza el carácter comunitario de la fiesta: todos aportan su esfuerzo para que la noche salga redonda.
La leña se reparte por las cruces y plazas del recorrido, donde, ya por la tarde-noche, se encenderán las hogueras que acompañarán el paso de los caballos. Los remolques que por la mañana transportaban madera quedan listos después para servir vino y biñuelos a quienes se acerquen durante la carrera, convirtiendo cada punto de fuego en un pequeño espacio de convivencia.
A las cinco de la tarde tiene lugar uno de los momentos más emotivos: la bendición de los animales. Los jinetes se dirigen con sus caballos hasta la parroquia para recibir la protección de San Antón. El acto, de marcado carácter religioso, convive con el ambiente festivo y sirve de antesala inmediata a la gran cita de la noche.
Conforme avanza la tarde, se van perfilando las colas de caballos, se ajustan los atuendos de los jinetes y se llena de público la plaza principal. A esas alturas, el pueblo ya respira un aire distinto: se mezclan los olores de la leña, la fritura de los dulces típicos y el vino de pitarra, mientras las conversaciones giran casi exclusivamente en torno a la carrera.
A las 19:55 horas, apenas cinco minutos antes de las ocho de la tarde, arranca la secuencia definitiva: pregón, repique de campanas y cohetes dan paso a la salida de la comitiva. En algunos programas se fija la hora redonda de las ocho, pero el inicio real se ha asentado en esa franja entre los últimos minutos de una hora y los primeros de la siguiente, alargando un poco más la tensión previa.
La hora clave: hogueras, vivas y más de mil caballos en el casco antiguo
El momento cumbre llega cuando el mayordomo, desde el balcón del Ayuntamiento, se dirige a la multitud congregada en la plaza. Tras unos segundos de silencio contenido, lanza tres veces el tradicional “¡Viva San Antón!”. En ese instante se funden la devoción religiosa, la memoria colectiva y la emoción de quienes han esperado todo el año.
Al grito del mayordomo le siguen el estruendo de los cohetes y el repique de campanas. Casi al mismo tiempo empiezan a encenderse las 21 hogueras repartidas por el casco antiguo, generando un paisaje de fuego que, combinado con el humo y la noche cerrada de enero, ofrece una estampa difícil de encontrar en otros puntos de España.
Durante aproximadamente tres horas, la comitiva —formada por más de mil jinetes y caballos, junto a la infantería y la banda de tamboril— recorre sin descanso un circuito urbano que se repite generación tras generación. Entre salvas, vivas al santo y exclamaciones del público, las carreras se suceden con un ritmo intenso que mantiene en vilo tanto a los participantes como a los espectadores.
Los jinetes lucen los característicos gorros puntiagudos, decorados con pañuelos multicolores que destacan sobre la camisa blanca. Los caballos, por su parte, se engalanan con la conocida “manta guapa”, tradicionalmente tejida en los telares del pueblo y adornada con madroños de lana y pequeños adornos que tintinean al galope.
La mezcla de fuego, ruido de cascos, tambores y voces convierte el casco antiguo de Navalvillar de Pela en un escenario vibrante. Muchos visitantes repiten año tras año precisamente por esa sensación de estar asistiendo a algo que mezcla espectáculo, rito y memoria en un mismo plano, sin artificios añadidos.
Caballos, vino y biñuelos: la gran convivencia peleña
La Encamisá es, además de una carrera ecuestre, una gran fiesta de convivencia. Buena parte de los caballos que participan son de la localidad, pero cada año llegan también numerosos ejemplares alquilados en otros pueblos de Extremadura e incluso de Andalucía, lo que evidencia la magnitud de la cita.
En cuanto a la vertiente gastronómica, la cofradía dispone alrededor de 4.000 litros de vino, fundamentalmente vino de pitarra, que se reparte entre los asistentes a lo largo de la noche. Este vino casero, tan ligado a la tradición rural extremeña, acompaña a los fríos de enero y ayuda a calentar el ambiente en torno a cada hoguera.
Junto al vino, el otro gran protagonista de la noche son los biñuelos, el dulce típico de La Encamisá. Su preparación tiene algo de rito en sí misma y se mide incluso en litros de aceite empleados. La receta combina harina, aceite de oliva, canela en rama, anís o aguardiente y miel, dando lugar a una masa frita que se sirve recién hecha.
Durante la celebración se reparten unos 750 litros de biñuelos, cifra que da una idea aproximada de la cantidad de producto que se elabora para atender a vecinos y forasteros. Es habitual que quienes repiten visita tengan ya su punto del recorrido favorito para tomar un vaso de vino caliente en la mano y un plato de biñuelos todavía humeantes.
Esa combinación de tradición ecuestre, devoción religiosa y costumbre gastronómica ha convertido a La Encamisá en una de las primeras grandes citas festivas del año en Extremadura, capaz de reunir en una sola noche a entorno a 15.000 personas en un municipio de dimensiones modestas.
La figura de la tamborilera y el sonido que marca el ritmo de la fiesta
Otro de los elementos distintivos de La Encamisá en los últimos años es la presencia de una tamborilera al frente del ritmo de la celebración. El sonido del tambor acompaña tanto los días previos como la propia noche del 16 de enero y se ha convertido en una seña de identidad más.
En esta edición, el cargo recae en Paula Baviano, una vecina de 12 años que ha conseguido el puesto tras superar un proceso selectivo exigente. La elección se realiza mediante una audición a ciegas ante un jurado compuesto por miembros de la cofradía, que valoran exclusivamente la calidad del toque de tambor, sin dejarse influir por otros factores.
La participación de Paula supone la décima edición consecutiva con una mujer —y, en muchos casos, niñas y jóvenes— como responsable del tamboril. Este hecho se vive en el pueblo con especial ilusión, ya que conjuga tradición con una mayor presencia femenina en papeles destacados dentro de la fiesta.
Durante los días comprendidos entre el 6 y el 15 de enero, el tambor se escucha en a las 8 de la mañana y a las 17 horas, marcando el ritmo de la espera. El sonido del parche retumba por las calles y se convierte en una especie de cuenta atrás sonora hacia la noche grande.
La propia tamborilera ha reconocido en distintas ocasiones que obtener este cargo le ha hecho tanta o más ilusión que la llegada de los Reyes Magos, lo que refleja el peso simbólico que tiene el tambor dentro del imaginario infantil y juvenil peleño.
Impacto turístico y arraigo cultural en Extremadura
La Encamisá no solo es un hito para Navalvillar de Pela, sino también una referencia consolidada en el mapa festivo de Extremadura. Su declaración como Fiesta de Interés Turístico Regional hace ya 40 años subraya la importancia de este evento más allá del ámbito local.
Al coincidir a menudo con fin de semana, la afluencia de visitantes se dispara, llegando a superar las previsiones iniciales. La localidad se ubica en una zona estratégica, entre las comarcas de La Serena, La Siberia y las Vegas Altas, lo que facilita que personas procedentes de diferentes puntos de la región, así como de otras partes de España, se desplacen para conocer la fiesta.
Para muchos viajeros, la carrera de San Antón es la excusa perfecta para organizar una pequeña escapada invernal, combinando la asistencia a la celebración con visitas a entornos naturales cercanos o a otros pueblos con patrimonio histórico de interés. Esta dinámica tiene un efecto positivo en la economía local, especialmente en hostelería, restauración y servicios asociados al turismo rural.
Más allá del impacto económico, La Encamisá se ha convertido en un elemento clave de la identidad cultural de la zona. La transmisión generacional de los oficios ligados a la fiesta —desde la elaboración de mantas para los caballos hasta la preparación de los biñuelos o el aprendizaje del toque de tambor— contribuye a mantener vivas tradiciones que, en otros contextos, podrían haberse diluido.
En un momento en que muchas zonas rurales afrontan retos demográficos y económicos importantes, celebraciones como esta funcionan también como un revulsivo anímico y un recordatorio de la capacidad de los pueblos para generar proyectos colectivos con proyección exterior.
La Encamisá de Navalvillar de Pela se presenta como una fiesta singular que combina leyenda medieval, devoción por San Antón, pasión por los caballos y un fuerte sentido de comunidad. Cada 16 de enero, el pueblo se transforma para revivir una historia que ha pasado de generación en generación, y que hoy sigue atrayendo a miles de personas dispuestas a compartir una noche de fuego, tambores, vino y biñuelos en el corazón de Extremadura.