La Junta de Castilla y León ha decidido dar un paso firme para blindar uno de sus signos de identidad más ligados al campo: la doma vaquera como patrimonio cultural inmaterial. La Administración autonómica ha incoado el expediente para su reconocimiento oficial, un movimiento que llega tras décadas de práctica continuada en dehesas, ganaderías y festejos populares repartidos por buena parte del territorio.
La medida, impulsada desde la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte, se apoya en el peso histórico, social y económico de esta forma de equitación vinculada al toro bravo. La doma vaquera se concibe como un complejo entramado de saberes, técnicas y rituales, transmitidos de generación en generación, que articulan la vida rural y refuerzan los lazos de pertenencia en muchas comarcas de Castilla y León.
Un procedimiento oficial que pone el foco en el patrimonio inmaterial

La iniciativa se ha plasmado en una resolución de la Dirección General de Patrimonio Cultural, con fecha de 17 de diciembre y publicación en el Boletín Oficial de Castilla y León (Bocyl). En ella se determina la incoación del expediente para declarar la doma vaquera Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter inmaterial dentro del marco de la Ley de Patrimonio Cultural de Castilla y León.
El texto administrativo subraya que la doma vaquera constituye una manifestación cultural viva de relevancia incuestionable, integrada por conocimientos, usos sociales, técnicas especializadas y celebraciones que se mantienen activos en la actualidad. No se trata solo de una disciplina ecuestre, sino de un sistema completo de relaciones entre personas, territorio, ganado y paisaje.
La resolución incide en que esta práctica reúne los requisitos de antigüedad, continuidad histórica, arraigo territorial y transmisión intergeneracional. Además, se enmarca expresamente en el ámbito de los usos sociales, rituales y festivos del patrimonio cultural, un apartado en el que la Junta quiere reforzar la protección de tradiciones que siguen en plena vigencia en el mundo rural.
Durante la tramitación, los servicios técnicos de patrimonio deberán documentar con detalle los contextos en los que se practica la doma vaquera, los colectivos implicados, su evolución histórica y las amenazas que puedan poner en riesgo su continuidad. El expediente funcionará, por tanto, como una radiografía amplia de la relación entre la doma vaquera y la realidad rural de Castilla y León.
La propia resolución contempla un escenario alternativo: si finalmente se concluyera que no alcanza los estándares exigidos para ser declarada BIC, la doma vaquera podría incorporarse al Inventario de Bienes del Patrimonio Cultural de Castilla y León. De este modo, la Comunidad se asegura, en cualquier caso, un reconocimiento institucional y un marco de protección mínimo para esta tradición.
Raíces históricas: de la monta militar a la faena con reses bravas

El expediente sitúa los orígenes de la doma vaquera en la equitación militar de época medieval, muy especialmente en la llamada «monta a la jineta», desarrollada durante el periodo musulmán en la Península. Esta forma de montar permitía al jinete dirigir el caballo con una sola mano, reservando la otra para portar armas, lo que exigía un control preciso del animal, rapidez de reacción y gran compenetración entre jinete y montura.
Estas técnicas quedaron recogidas ya en el siglo XVI, cuando el burgalés Hernán Ruiz de Villegas describió detalladamente esta forma de equitación en su tratado sobre caballería a la jineta. Siglos después, ese bagaje ecuestre se fue adaptando a las necesidades del campo, especialmente a partir del siglo XVIII, con la fijación de las reglas modernas de las corridas de toros y el desarrollo de grandes ganaderías de bravo.
En ese contexto surgieron figuras clave como el mayoral y el vaquero, encargados no solo de cuidar el ganado, sino también de seleccionarlo, moverlo entre pastos y prepararlo para festejos taurinos. La doma vaquera se consolidó como herramienta imprescindible para el manejo del toro bravo en la dehesa, dando lugar a una serie de maniobras, estilos de monta y formas de relación con el caballo que hoy se reconocen como seña de identidad propia.
La historia de Castilla y León aparece estrechamente ligada a este proceso. En el área de Sahagún (León), por ejemplo, las antiguas órdenes monásticas impulsaron la creación de amplios cotos ganaderos, donde la cría de vacuno y caballar requería un sistema de trabajo muy organizado. Estos espacios sirvieron de base para la consolidación de técnicas de conducción y control del ganado a caballo que están en el origen de la doma vaquera actual.
El documento de la Junta alude también al peso de linajes ganaderos históricos, como Raso de Portillo, en Boecillo (Valladolid), considerada la ganadería brava más antigua de España. Fundada en 1880, sus reses de origen morucho-castellano alcanzaron gran notoriedad en el siglo XVIII, hasta el punto de convertirse en favoritas de la Corona gracias a la antigüedad de su hierro y a la calidad de sus toros.
Castilla y León, territorio clave de la ganadería brava

La resolución que abre la puerta al reconocimiento BIC dedica un apartado extenso a la importancia de la ganadería de reses bravas en Castilla y León. El texto repasa el papel de provincias como Salamanca, Valladolid, Ávila y León en el desarrollo de esta actividad, donde la cría del toro bravo ha ido de la mano de la evolución de la doma vaquera.
En la actualidad, el gran epicentro regional se localiza en el campo charro salmantino, que concentra nada menos que 152 ganaderías de bravo. Esta densidad de explotaciones sitúa a Salamanca como uno de los referentes nacionales en la cría de toros, algo que se traduce en un paisaje de dehesas muy vivo y en una intensa actividad ligada al caballo, al manejo del ganado y a las fiestas taurinas.
La provincia de Valladolid suma a este mapa enclaves históricos como el de Raso de Portillo, mientras que Ávila conserva importantes explotaciones donde el trabajo a caballo sigue siendo fundamental. En León, la ganadería de Valdellán mantiene viva la presencia de reses bravas en una provincia donde la ganadería de este tipo es más limitada, pero con un peso simbólico notable dentro del conjunto autonómico.
Según el expediente, la doma vaquera actúa en estas comarcas como una herramienta de trabajo cotidiana y a la vez como un patrimonio intangible. No solo se utiliza para labores de campo, sino que está presente en las formas de organización social, en la transmisión del oficio de padres a hijos y en el calendario festivo, donde el caballo ocupa un lugar destacado.
La tradición ganadera de origen monástico y el desarrollo posterior de las dehesas han configurado un ecosistema en el que el manejo del toro a caballo es parte de la vida diaria. En muchos casos, las faenas con el ganado han ido adaptándose a las nuevas regulaciones y sensibilidades sociales, pero sin perder la esencia de unas técnicas que hunden sus raíces en siglos de práctica continuada.
Encierros y festejos: la doma vaquera en la calle

Más allá de la dehesa, la Junta pone el foco en la estrecha relación entre doma vaquera y encierros tradicionales, una de las manifestaciones festivas más extendidas en Castilla y León. En numerosos municipios, el recorrido de los toros por el campo o por las afueras del pueblo se apoya en el trabajo de los caballistas, que guían, agrupan y controlan a las reses durante el trayecto.
El expediente cita ejemplos emblemáticos como el Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo, en Salamanca, donde el caballo y el toro comparten protagonismo en un programa festivo de fuerte arraigo local. También se menciona La Saca de las Fiestas de San Juan en Soria, en la que los toros son conducidos desde el Monte Valonsadero hasta la ciudad con la ayuda de caballistas que aplican técnicas muy próximas a la doma vaquera tradicional.
En la provincia de Segovia, los Encierros de Cuéllar destacan por conservar un tramo campestre en el que los jinetes acompañan a las reses por el campo antes de entrar en el casco urbano. Esta parte del recorrido, directamente ligada al manejo del ganado bravo a caballo, se considera una muestra clara de cómo la doma vaquera pervive integrada en las fiestas populares.
El expediente señala que estas celebraciones no solo cumplen una función lúdica, sino que también operan como vehículo de transmisión de conocimientos y de valores identitarios. Muchos jóvenes se inician en el contacto con el caballo y con las reses en el marco de estos festejos, aprendiendo de familiares y vecinos las claves para trabajar con los animales de forma eficaz y segura.
Además de las grandes fiestas citadas, la Junta recuerda que existen numerosos pueblos en provincias como Ávila, Salamanca o Valladolid donde los encierros por el campo o mixtos mantienen viva la figura del caballista. En todos estos casos, la doma vaquera aparece como hilo conductor entre el trabajo diario en la explotación ganadera y el calendario festivo de la comunidad.
Una disciplina con reglamento deportivo y proyección competitiva
La resolución no se limita a la vertiente tradicional, sino que otorga un papel relevante a la doma vaquera como disciplina deportiva reglada. Bajo la supervisión de la Real Federación Hípica Española, se reconocen tres grandes modalidades que beben directamente de las faenas de campo y las adaptan al entorno competitivo.
En primer lugar se encuentra la Doma Vaquera de Competición, que consiste en la ejecución en pista de una serie de ejercicios inspirados en las maniobras propias del trabajo con el ganado. Entre ellos figuran cambios de pie, paradas en seco, medias vueltas, giros ajustados y variaciones de ritmo que ponen a prueba la obediencia del caballo y la destreza del jinete.
La segunda modalidad son las Faenas y Doma de Campo, heredera directa del antiguo acoso y derribo, una técnica utilizada históricamente para seleccionar y amansar reses bravas en espacios abiertos. En este tipo de pruebas se evalúa la capacidad del binomio jinete-caballo para agrupar, separar y conducir el ganado en condiciones similares a las del trabajo real en la dehesa.
La tercera disciplina es la llamada Equitación de Trabajo, que agrupa varias pruebas combinadas: ejercicios de doma, manejo de ganado, recorridos de obstáculos y tramos de velocidad. En ella se busca poner de manifiesto la versatilidad del caballo y la habilidad del jinete para adaptarse a situaciones cambiantes, reproduciendo las exigencias del día a día en una explotación ganadera.
Castilla y León ha tenido un papel protagonista en la consolidación de esta vertiente competitiva. El expediente recuerda que Salamanca fue sede en 1970 del primer Campeonato de España de Acoso y Derribo, considerado el germen de las actuales pruebas de Faenas y Doma de Campo. A partir de entonces, la Comunidad y, en particular, Ciudad Rodrigo, se han consolidado como escenarios de referencia para concursos y campeonatos de esta disciplina.
Indumentaria, monturas y otros elementos materiales asociados
La doma vaquera no se entiende solo como una técnica de equitación, sino también como un conjunto de elementos materiales estrechamente ligados a la práctica. El expediente describe la evolución de la indumentaria de los jinetes y el equipamiento del caballo, que forman parte inseparable de este patrimonio vivo.
En las dehesas salmantinas fue tradicional el uso del traje charro, adaptado a las condiciones del trabajo ganadero. Con el tiempo, especialmente en el ámbito de las competiciones oficiales, se ha extendido el traje corto andaluz, con variaciones de campo o de paseo. Esta indumentaria, aunque de origen geográfico distinto, se ha incorporado de manera natural al paisaje ecuestre de Castilla y León.
El caballo, por su parte, se equipa con guarniciones específicas de monta vaquera, como espuelas. Destaca la montura vaquera, más amplia y envolvente que otros tipos de silla, dotada de grandes estribos que ofrecen una mayor estabilidad al jinete durante maniobras rápidas o en terrenos irregulares. Estos elementos responden a necesidades muy concretas del trabajo con ganado bravo.
También se consideran parte del patrimonio material los oficios vinculados a este equipamiento, como los guarnicioneros y herreros que elaboran y mantienen sillas, cabezadas, estribos o herraduras. Su trabajo contribuye a conservar técnicas artesanales que, en muchos casos, han pasado de generación en generación dentro de las mismas familias.
En conjunto, la Junta entiende que todos estos componentes -traje, montura, arreos y artesanía asociada- forman un ecosistema material imprescindible para el desarrollo de la doma vaquera, que debe ser tenido en cuenta en las políticas de salvaguarda del patrimonio inmaterial.
Una comunidad portadora amplia y diversa
El expediente subraya que la doma vaquera descansa sobre una comunidad portadora muy extensa, que supera con creces el círculo de los jinetes profesionales. En torno a esta práctica se articulan ganaderos, mayorales, vaqueros, pastores, veterinarios, jueces, artesanos, monitores de equitación y asociaciones que organizan concursos y festejos.
Buena parte de los conocimientos se siguen transmitiendo de forma oral y práctica en el medio rural. La experiencia directa en el trato con el caballo y el ganado bravo, ya sea en las faenas diarias o durante encierros y celebraciones, continúa siendo la principal escuela para muchos jóvenes que se acercan por primera vez a esta disciplina.
En paralelo, han ido ganando peso las escuelas de equitación y las federaciones hípicas, que ofrecen formación reglada y cursos específicos de doma vaquera y equitación de trabajo. Estos espacios permiten combinar el saber tradicional con criterios técnicos modernos, favoreciendo una práctica más segura y profesionalizada sin perder el vínculo con sus raíces.
La resolución de la Junta destaca que la doma vaquera funciona como vehículo de cohesión social e identidad colectiva en muchas localidades, donde el calendario gira en torno a las fechas de encierros, tentaderos o concursos ecuestres. En estos contextos, el caballo actúa como punto de encuentro entre generaciones y como símbolo de continuidad cultural.
Por todo ello, la Administración autonómica considera imprescindible «tutelar la salvaguarda de los valores que justifican su declaración» y, al mismo tiempo, respetar la evolución natural que marque la propia comunidad depositaria. La idea no es congelar la tradición, sino acompañar su desarrollo con medidas de protección, difusión y apoyo a los colectivos implicados.
La tramitación para reconocer la doma vaquera como Bien de Interés Cultural coloca en primer plano una práctica que resume buena parte de la historia rural de Castilla y León: desde sus raíces en la monta militar y el manejo del toro bravo, hasta su presencia en los encierros y competiciones actuales, pasando por la labor de ganaderos, artesanos y jinetes que la mantienen viva día a día. El expediente abre ahora una etapa en la que instituciones y comunidad deberán caminar de la mano para asegurar que esta tradición ecuestre siga formando parte, con voz propia, del patrimonio común de la Comunidad.
