Cuando hablamos de la salud ocular de los equinos, nos topamos con un órgano extremadamente expuesto. Debido a que los caballos tienen los ojos muy prominentes y situados en una posición vertical, la córnea queda muy vulnerable a cualquier golpe o roce del entorno, lo que hace que las heridas en la superficie ocular sean el pan de cada día en la clínica veterinaria.
La córnea es una estructura fascinante, con un grosor que ronda el milímetro y compuesta por varias capas superpuestas. Su función principal es actuar como una barrera transparente que protege el interior del ojo, pero basta que el epitelio corneal se dañe para que los patógenos que normalmente viven en la superficie, como bacterias y hongos, aprovechen la oportunidad y colonicen el tejido, complicando el cuadro clínico.
Tipos de úlceras y su clasificación
No todas las heridas en el ojo son iguales. Para empezar, tenemos las úlceras simples o no complicadas, que son aquellas lesiones superficiales que no presentan infección. Estas suelen ser el escenario más optimista, ya que con el tratamiento adecuado suelen cerrar en un periodo de entre 7 y 12 días, dejando una cicatriz mínima o nula.
Por otro lado, nos encontramos con las úlceras complicadas, que son un auténtico quebradero de cabeza. Estas se caracterizan por ser más profundas, estar infectadas y presentar un tiempo de curación mucho más largo. En estos casos, el riesgo de que el animal pierda la visión es real si no se actúa con rapidez y precisión.
Dentro de las complicaciones, destaca la queratomalacia o fenómeno de melting. Este proceso es especialmente peligroso porque ocurre una licuefacción del estroma corneal debido a la acción de enzimas proteolíticas. Los signos son claros: edema severo, infiltrados celulares y una pérdida progresiva de tejido que puede acabar en la perforación del globo ocular.
También existen los descemetoceles, que son defectos profundos donde solo queda la membrana de Descemet para evitar que el ojo se rompa. Visualmente parecen un cráter que no retiene la fluoresceína en el centro, lo que indica que estamos ante una emergencia oftalmológica absoluta.

Cómo reconocer los síntomas en el campo
Saber detectar los signos a tiempo es la diferencia entre salvar un ojo o perderlo. Lo primero que solemos notar es el blefaroespasmo, que no es otra cosa que la tendencia del caballo a mantener el párpado cerrado por el dolor. A esto se le suma una epífora mucopurulenta, es decir, un lagrimeo excesivo que a veces se vuelve espeso y con pus.
Otros indicadores clave son el rechazo a la luz intensa y la aparición de una opacidad blanquecina o azulada en la córnea. Es fundamental recalcar que que el animal no muestre dolor extremo no significa que la lesión sea leve; por ejemplo, los potros neonatos a veces tienen una sensibilidad corneal reducida, lo que puede hacer que lesiones graves pasen desapercibidas inicialmente.
Protocolos de diagnóstico y tratamiento
La herramienta estrella para el diagnóstico es la tinción con fluoresceína. Este colorante permite al veterinario delimitar exactamente el tamaño de la úlcera y comprobar su profundidad. Si se sospecha de una infección grave, lo ideal es realizar un cultivo y citología para saber exactamente qué bacteria o hongo está atacando la córnea.
En cuanto a la medicación, es vital evitar el uso de corticosteroides si hay una úlcera activa, ya que estos inhiben la regeneración del tejido y favorecen la actividad colagenolítica, empeorando drásticamente la situación. Lo habitual es usar un cóctel de fármacos que incluya antibióticos de amplio espectro (como ciprofloxacino) y antimicóticos para cubrir cualquier posible patógeno.
Para mejorar la administración de los fármacos, especialmente cuando hay demasiada lágrima, se puede instaurar el uso de un catéter subpalpebral. Este dispositivo permite que la medicación esté en contacto con la córnea durante más tiempo y con una frecuencia mucho mayor, lo que es crucial en casos críticos.
Intervenciones quirúrgicas y casos complejos
Cuando el tratamiento médico no es suficiente o el riesgo de perforación es inminente, pasamos al terreno de la cirugía. Una técnica muy útil es la tarsorrafia temporal, que consiste en suturar los párpados para proteger el estroma expuesto, evitar la fricción del pestañeo y asegurar que los colirios no se barran con la lágrima.
En situaciones límite, donde la pérdida de tejido es masiva, se puede recurrir a la queratoplastia o trasplante de córnea. Mediante un injerto tectónico, se sustituye el tejido dañado por tejido sano de un donante. Aunque la recuperación de la visión es un proceso lento que puede durar meses, es una opción viable para preservar la integridad del ojo.
Otras opciones quirúrgicas incluyen la colocación de colgajos conjuntivales o el uso de la membrana amniótica, que ayuda a la regeneración epitelial y reduce la inflamación severa, limitando la formación de cicatrices que podrían obstruir el eje visual del caballo.
El éxito de cualquier terapia depende de un seguimiento exhaustivo y de la capacidad del clínico para adaptar el tratamiento según la evolución. Desde el manejo del dolor con AINEs y ciclopéjicos para evitar la uveítis, hasta el uso de ácido hialurónico para favorecer la curación, cada detalle cuenta para que el animal recupere la funcionalidad de su vista sin secuelas graves.