Encierro a caballo del Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo

  • El encierro a caballo del Domingo de Carnaval parte desde la finca de Casasola con seis toros de Antonio López Gibaja.
  • La preparación previa en el campo, marcada por la dermatosis nodular y las lluvias, ha obligado a un trabajo intenso de encabestrado.
  • La carrera, larga y complicada, se desarrolló con buena coordinación pese a momentos de tensión, con dos caballos heridos por asta.
  • El encierro se integra en un programa festivo amplio, con capeas, novilladas, recortes y actividades para todos los públicos.

Encierro a caballo del Carnaval del Toro

El encierro a caballo del Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo se ha reafirmado un año más como uno de los actos más esperados del Domingo de Carnaval, congregando a cientos de aficionados repartidos entre el campo y las calles de la ciudad amurallada. La cita, recuperada en los años 80, se ha convertido en un auténtico referente para los amantes del caballo y del toro bravo, que viajan desde distintos puntos de España para vivir en primera persona una jornada cargada de tensión, tradición y ambiente festivo.

En esta edición, el protagonismo ha recaído en seis toros de la ganadería de Antonio López Gibaja, acompañados por su correspondiente parada de bueyes y un nutrido grupo de caballistas. La combinación de la destreza ecuestre, el manejo de las reses y la respuesta del público a lo largo del recorrido ha dado lugar a un encierro vistoso, aunque marcado por la dificultad del terreno y por varios momentos de verdadera preocupación en los tramos finales.

Un encierro con salida desde Casasola y ambiente multitudinario

doma vaquera Bien de Interés Cultural en Castilla y León
Artículo relacionado:
La doma vaquera avanza hacia su declaración como Bien de Interés Cultural en Castilla y León

La manada partió desde la finca de Casasola, escenario habitual del inicio de este encierro, donde a primera hora de la mañana ya se dejaba notar el trasiego de camiones, caballos y aficionados. La salida se produjo con cierto retraso, en torno a las 11:15 horas, después de los últimos ajustes en el apartado debido al estado del terreno y a la necesidad de que los toros y los mansos se movieran con seguridad.

En los primeros metros de la carrera, el grupo avanzó a un ritmo lento y muy controlado, prácticamente al paso, lo que permitió a los jinetes comprobar la respuesta de los animales sobre un campo que todavía reflejaba las recientes lluvias. La manada fue ganando confianza hasta alcanzar la zona de la ermita, punto en el que tanto caballos como toros comenzaron a tomar velocidad para dirigirse ya en galope hacia la parte más próxima al casco urbano.

Desde primeras horas, las cunetas y lomas cercanas al recorrido se llenaron de vecinos de la comarca y visitantes llegados de fuera, muchos de ellos habituales del encierro a caballo. El ambiente recordaba al de las grandes citas taurinas, con aficionados bien abrigados por el frío y pendientes de cada movimiento en el horizonte, mientras se sucedían los comentarios sobre años anteriores y sobre la bravura de los ejemplares de López Gibaja.

La coordinación del dispositivo corrió a cargo de Juan Luis Montero “Perita”, responsable del Centro Ecuestre Casasola y figura clave en la organización del encierro. Desde el mismo campo y hasta la entrada en la ciudad, Perita fue dirigiendo a jinetes y colaboradores para mantener compacta la manada, corrigiendo los amagos de ruptura y marcando el ritmo del traslado hacia las murallas mirobrigenses.

Toros y caballos en el encierro de Ciudad Rodrigo

Barro, frío y astados condicionados por las lluvias

La meteorología adversa de las semanas previas se dejó notar en la dehesa y en el primer tramo del recorrido. El barro acumulado en la finca de Casasola y en las zonas de campo obligó a los garrochistas a extremar precauciones, tanto en el apartado como en los movimientos de los toros con los mansos. Las huellas de las lluvias recientes eran evidentes, y cada paso de los caballos exigía un esfuerzo añadido para evitar resbalones o movimientos bruscos de las reses.

A estas dificultades se sumó la alteración del calendario por la Dermatosis Nodular Contagiosa, que retrasó la llegada de los toros de López Gibaja desde Oliva de Plasencia hasta los primeros días de febrero. Ese contratiempo sanitario recortó de forma notable los plazos habituales para trabajar el encabestrado con los bueyes de Lidiarte Charro, una labor que normalmente requiere semanas de calma y repetición y que, en esta ocasión, tuvo que concentrarse en un periodo muy corto.

Pese a la falta de margen, el equipo dirigido por Juan Luis Perita intensificó el trabajo diario en Casasola, llegando a realizar movimientos con las reses incluso dos veces al día para que los toros se habituaran a los mansos, a los caballos y a la presencia constante de los jinetes. El propio Perita reconocía que apenas faltaba “dormir con ellos”, en alusión al grado de dedicación y cercanía que han exigido los animales para llegar en las mejores condiciones posibles al Domingo de Carnaval.

El invierno, poco generoso en estabilidad, complicó aún más unas faenas de campo fundamentales para que los toros aprendan a seguir a los cabestros y a no descomponerse ante cambios de ritmo o giros repentinos. Aun así, los responsables del equipo destacaban el buen carácter general de la corrida y la facilidad de manejo de la manada, elementos clave para confiar en un traslado ordenado desde la dehesa hasta la Plaza Mayor, siempre dentro de la incertidumbre que acompaña a cualquier encierro con toros bravos.

Mientras tanto, la posible presencia de lluvias durante el propio Domingo de Carnaval se mantenía como interrogante hasta última hora, añadiendo un componente extra de preocupación. La organización era consciente de que una precipitación intensa en pleno encierro habría complicado el comportamiento de las reses y la seguridad de los jinetes y del público, por lo que el desarrollo de la mañana estuvo muy pendiente del cielo, además del barro ya presente en el terreno.

Del campo a la muralla: una carrera larga y con la manada rota

Superado el tramo más abierto de campo, el encierro fue acercándose a la avenida de Agustín de Foxá, uno de los puntos donde comienzan las mayores exigencias de control. Aunque la manada había permanecido razonablemente unida hasta ese momento, uno de los mansos terminó aventurándose en solitario y provocó la ruptura del grupo, que desde entonces se mantuvo dividido para el resto del recorrido.

Ese fraccionamiento obligó a los caballistas a multiplicar esfuerzos. Mientras unos se encargaban de conducir al lote principal de toros y bueyes, otros se centraban en el ejemplar más descolgado para intentar reagruparlo sin perder el ritmo general del encierro. El resultado fue una carrera más tensa y compleja de lo habitual, con los jinetes alternándose entre los distintos animales y anticipándose a las posibles arrancadas.

A lo largo de la subida hacia el casco histórico, los espectadores pudieron ver cómo los caballos, los astados y los bueyes se iban mezclando con algunos corredores a pie, que se intercalaban en el recorrido con prudencia, conscientes de que el protagonismo correspondía al trabajo a caballo. La imagen de la manada estirada en dos grupos se repitió al entrar en la muralla, manteniendo la expectación hasta los metros finales antes de la Plaza Mayor.

En la zona del conocido Árbol Gordo se produjo uno de los sustos de la mañana, cuando un jinete fue derribado. Aunque el episodio generó nerviosismo entre quienes presenciaban la escena, el propio caballista decidió no recibir atención sanitaria in situ, lo que permitió que el encierro continuara sin una interrupción prolongada. Pese a que no hubo que lamentar consecuencias graves, el incidente recordó la exigencia física y el riesgo que asumen quienes participan directamente en el manejo de las reses.

En conjunto, la duración total del festejo se alargó hasta superar los treinta minutos, una cifra significativa si se compara con otras ediciones más rápidas. Ese tiempo extra respondió tanto a las condiciones del terreno como al esfuerzo necesario para reconducir a los animales que se iban quedando rezagados, y dejó la sensación entre muchos aficionados de haber asistido a un encierro difícil, largo y técnicamente exigente.

La entrada en la Plaza Mayor y las cornadas a dos caballos

El momento más delicado del encierro se vivió ya en el interior de la Plaza Mayor, donde el ancho del ruedo y la presencia de vallados y tablaos obligan a una maniobra muy precisa para encerrar a los toros en los corrales. Como es habitual, el paso desde la calle Madrid hasta el ágora mirobrigense estrechó el trazado y puso a prueba la pericia de los garrochistas, que tuvieron que ajustar posiciones en muy pocos metros.

La entrada a la plaza se produjo finalmente con la manada rota en dos: en primer lugar accedieron cinco toros acompañados por un reducido grupo de jinetes, mientras que el último ejemplar llegó algo más tarde, escoltado por el resto de caballistas. Fue precisamente en ese segundo momento cuando se generó una mayor tensión, con el toro realizando varias arrancadas hacia los caballos que intentaban conducirlo hacia chiqueros.

En una de esas embestidas, el astado logró arrinconar a un caballo tordo contra las tablas y le asestó un puntazo en la parte trasera de las patas. La reacción de los presentes fue de evidente preocupación, aunque la rápida intervención del director de lidia, Pérez Pinto, resultó decisiva: con el capote logró llamar la atención del toro y alejarlo de los caballos, encauzándolo posteriormente hacia la zona de corrales para culminar su encierro.

Poco antes o casi de forma simultánea, en otro punto del tramo final también se produjo una cornada a un segundo caballo, lo que confirmó que la parte más conflictiva del festejo se concentró en esos instantes dentro de la Plaza Mayor. Afortunadamente, las informaciones posteriores apuntaban a que las heridas sufridas por los animales no revestían la máxima gravedad, aunque sí obligarán a un seguimiento veterinario y a un periodo de recuperación.

Más allá de estos incidentes, los aficionados destacaron que la entrada de los toros de López Gibaja en Miróbriga ofreció un espectáculo de notable vistosidad, tanto por la forma en que la manada ocupó las calles interiores como por la respuesta de los jinetes ante cada imprevisto. La combinación de tradición, manejo ecuestre y toros de buena presencia dio lugar a una imagen muy reconocible del Domingo de Carnaval, que muchos asistentes no dudan en calificar como uno de los actos más característicos del ciclo.

El trabajo previo en Casasola: encabestrado al límite del calendario

Buena parte del éxito del encierro a caballo se explica por el trabajo silencioso desarrollado durante las semanas previas en la dehesa de Casasola. Allí, un equipo de colaboradores encabezado por Juan Luis Perita se ha encargado de familiarizar a los toros con los bueyes de Lidiarte Charro, con los caballos que les acompañan durante el recorrido y con la presencia constante de los jinetes. Ese proceso de encabestrado, clave para que los toros sigan a la parada de mansos y mantengan una cierta calma, se ha visto esta vez comprimido como pocas veces.

La llegada más tardía de los animales, provocada por la Dermatosis Nodular Contagiosa, obligó a organizar un plan de trabajo intenso y casi diario, con salidas repetidas de los toros junto a los bueyes para que interiorizaran el camino, las órdenes y la compañía de los caballos. Aunque en circunstancias normales estos ejercicios se prolongan durante periodos más amplios, el equipo decidió aumentar la frecuencia de los movimientos para compensar el tiempo perdido.

En este contexto, las palabras de Perita reflejaban tanto la presión como la confianza que se respiraban en Casasola. Destacaba el carácter manejable de los seis toros de López Gibaja y la buena respuesta general de la manada, subrayando que son animales que “obedecen y con los que se trabaja bien”, algo fundamental cuando llega el momento de abandonar el campo y enfrentarse al bullicio de las calles y la plaza.

Los propios colaboradores reconocían que la parte más imprevisible comienza al cruzar el límite de la dehesa. El campo ofrece una calma relativa, con menos estímulos externos y sin muchedumbres, mientras que la ciudad impone ruido, cambios de luz, aglomeraciones y recintos cerrados. La esperanza de todos ellos es que el hermanamiento con los mansos y la rutina de los días previos sirvan para que los toros busquen siempre la referencia de los cabestros, incluso ante situaciones de estrés.

En cualquier caso, el escenario de este año ha demostrado que el encabestrado no solo es una técnica ganadera, sino también una especie de aprendizaje compartido entre toros, bueyes, caballos y jinetes. La intensidad con la que se ha trabajado ha sido la clave para llegar al Domingo de Carnaval con un encierro viable, pese a las complicaciones sanitarias y meteorológicas que amenazaban con deslucirlo.

Un Domingo de Carnaval marcado por los actos taurinos y el ambiente festivo

El encierro a caballo no es un evento aislado, sino el eje central de la mañana dominical dentro de un programa del Carnaval del Toro que combina tradición taurina, actividades culturales y propuestas para todas las edades. Tras la llegada de la manada a la Plaza Mayor y el encierro de las reses en los corrales, el coso acogió la habitual capea, donde los mozos pudieron medirse con los astados en un entorno más controlado, para dar paso posteriormente al desencierro al estilo tradicional.

Ya por la tarde, la atención se trasladó de nuevo al ruedo con la novillada sin picadores, en la que actuaron los finalistas del Bolsín Taurino Mirobrigense frente a reses de Toros de Orive. Completando la jornada, se programó un espectáculo de rejones con un novillo de la ganadería de El Canario para el rejoneador Víctor Herrero, reforzando así el protagonismo del caballo a lo largo de todo el día.

Paralelamente, la programación festiva incluyó actividades pensadas para las familias, como el baile infantil de disfraces en el pabellón municipal de la avenida Agustín de Foxá, con animación musical, hinchables y propuestas pensadas para que los más pequeños también se sintieran parte del Carnaval. La jornada se remató en horario nocturno con el ya tradicional Concurso de Recortes Goyesco, el XII Trofeo «III Columnas», que volvió a llenar la plaza con aficionados a esta modalidad.

El encierro a caballo se integra, además, en un calendario más amplio que abarca desde los actos previos —presentación de Reina y Damas, pregones de peñas y asociaciones, tentaderos y pruebas del caballo del alguacilillo— hasta las jornadas taurinas de los días grandes, con encierros tradicionales desde la calle Duero, capeas, festivales con picadores y citas emblemáticas como el Toro del Antruejo o el Toro del Aguardiente.

En este contexto, Ciudad Rodrigo refuerza su imagen como uno de los referentes taurinos y festivos del oeste peninsular, atrayendo tanto a seguidores habituales del Carnaval del Toro como a visitantes que se acercan por primera vez movidos por la curiosidad o por el boca a boca. La mezcla de historia, murallas, toros y caballos sigue siendo, un año más, el sello distintivo de un municipio que vive estos días con una intensidad difícil de encontrar en otros lugares de España.

Lo sucedido en este encierro a caballo del Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo deja la sensación de una cita exigente pero lograda: pese al barro, a los plazos ajustados por la dermatosis nodular y a los momentos de tensión en la Plaza Mayor con dos caballos corneados, el dispositivo humano y el trabajo previo en Casasola consiguieron que la manada completara su recorrido entre el campo y la ciudad. La respuesta del público, el protagonismo de los toros de López Gibaja y el papel de los caballistas consolidan de nuevo este festejo como uno de los grandes reclamos del Domingo de Carnaval en Miróbriga.