El Arte del Rejoneo: Historia, Técnica y Pasión Ecuestre

  • Evolución histórica desde la monta a la jineta del siglo XVII hasta la influencia del estilo luso moderno.
  • Estructura de la lidia dividida en tres tercios donde destaca la simbiosis entre el jinete y el caballo.
  • Cánones artísticos basados en la templanza, la precisión de la doma y el valor frente al toro bravo.

Rejoneo

Hablar de la lidia a caballo es asomarse a las raíces más puras de la tauromaquia. Antiguamente, esta era la manera habitual de enfrentarse al toro bravo, donde los caballeros se lucían ejecutando suertes de picar, alancear y, por supuesto, rejonear. Es una disciplina que mezcla la destreza del jinete con la bravura del animal en un baile peligroso y elegante.

A lo largo de los siglos, este arte ha pasado por diversas etapas, desde la nobleza de las Reales Maestranzas hasta la adaptación de estilos internacionales. No se trata solo de clavar un hierro, sino de una comunicación invisible entre el hombre y el caballo, donde la confianza mutua es la única garantía de seguridad en el centro del ruedo.

Vista de un caballo de rejoneo trabajando
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Un viaje por la historia del toreo a caballo

El momento de mayor esplendor ocurrió durante el siglo XVII, época en la que predominaba la monta a la jineta. Este estilo, muy típico de los jinetes españoles, se caracterizaba por usar estribos bastante cortos, lo que permitía una movilidad superior al girar y realizar las suertes taurinas. Fernán Chacón ya detallaba estas técnicas en 1551, subrayando que esta forma de montar era la que facilitó el triunfo del rejoneo sobre otras modalidades.

Rejoneo

Con el tiempo, la lidia evolucionó hacia un espectáculo más organizado gracias a las Reales Maestranzas de Caballería. En aquel entonces, figuras como Pedro Ponce de León marcaron la pauta bajo el reinado de Carlos I. Se pasó de esperar al toro parado a realizar encuentros al cuarteo; y si el jinete tenía la mala suerte de caer, debía terminar la lidia a pie, lo que se conocía como empeño a pie.

Sin embargo, en 1875 la prohibición de la monta a la jineta provocó que el rejoneo decayera en España, quedando en manos de varilargueros. Mientras tanto, en Portugal el arte no solo sobrevivió, sino que floreció hasta crear el estilo lusitano, que es el que regresó a España en el siglo XX. Antonio Cañero fue el pionero en este resurgimiento, puliendo su técnica ruda gracias a la influencia de maestros como Simao da Veiga.

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Más adelante, el rejoneo alcanzó cimas artísticas con Álvaro Domecq Díez y, posteriormente, vivió una revolución técnica gracias a Pablo Hermoso de Mendoza, quien transformó la doma del caballo torero. A este legado se han sumado nombres actuales como Lea Vicens, Fermín Bohórquez o Diego Ventura, manteniendo viva la llama de esta tradición.

El caballo: el compañero indispensable

Rejoneo

Para que un caballo pueda entrar en el ruedo, no basta con que sea bonito; necesita una combinación de fortaleza, temperamento y rapidez, además de un valor acero para no salir espantado ante el toro. La base de todo es el caballo español-andaluz, aunque hoy día se utilizan cruces para optimizar el rendimiento según el tercio de la lidia.

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  • Primer tercio: Se buscan caballos con la valentía del español y la velocidad del inglés, ideales para parar al toro y clavar los rejones de castigo.
  • Segundo tercio: Los caballos árabes son los reyes aquí, ya que sus reflejos veloces permiten esquivar los embroques del toro con agilidad asombrosa.
  • Tercer tercio: Para la suerte final, se prefiere nuevamente al caballo español, ya que permite llegar al toro con la parada y aplomo necesarios para el rejón de muerte.

En el primer tercio, el objetivo es probar la embestida. Aquí, el caballo hace las veces de capote; el jinete cita al toro mediante movimientos de la montura y, una vez acompasado, coloca los rejones de castigo, que son varas de 1,60 metros con un cubillo específico.

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Rejoneo

El segundo tercio es el de las banderillas, donde el rejoneador despliega su capacidad de adorno y doma. Estas se colocan desde el caballo, ya sea de frente, al quiebro o a dos manos, limitándose a tres pares según el reglamento. El tercer tercio es la culminación: la suerte de matar. El jinete debe usar el rejón de muerte sin bajarse del caballo y sin ayuda de peones. Si el toro no dobla, el rejoneador puede bajar para descabellar con el estoque.

Los cánones y la ética del rejoneador

En el rejoneo no todo vale; existen reglas no escritas y principios básicos para que una faena sea considerada meritoria. Lo más valorado es ejecutar las suertes en el centro del ruedo, yendo de frente y templando el galope del caballo para que vaya a la par de la velocidad del toro.

Se considera una falta de mérito clavar al toro cuando este está cerrado contra las tablas, ya que el caballo no tiene escapatoria y la reunión es forzada. El verdadero arte reside en dominar al caballo para que no se abra y obligarlo a enfrentar al astado con serenidad. Además, es fundamental que el caballo mantenga una «buena expresión», es decir, que mire siempre al toro con el cuello girado, demostrando que confía plenamente en su jinete.

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El famoso Decálogo del Duque de Pinohermoso resume esta filosofía: amar al caballo, evitar el uso excesivo de auxiliares, no entrar por sorpresa y clavar de arriba abajo. Cualquier ejercicio de alta escuela debe hacerse con perfección, como si no hubiera un toro delante, evitando las pasadas en falso o las galopadas desesperadas que solo denotan una doma deficiente.

Para cerrar, el rejoneo es un despliegue de estética y valor donde la indumentaria también cuenta, desde el traje corto campero andaluz hasta la vestimenta «A la Federica» de los portugueses. Es un arte que sobrevive gracias a la pasión por los caballos y la capacidad de los jinetes para convertir la lidia en un espectáculo de precisión y elegancia en el ruedo.